5.2::Introducción a Un tiempo suspendido…
Escrito por Roberto Garcia Bonilla el Martes, 12 de Mayo del 2009 a las 12:55 AM
Introducción a :
Un tiempo suspendido…
Así es la historia. Un juego de la vida y de la muerte se desarrolla en el tranquilo fluir de un relato, resurrección y negación del origen, revelación de un pasado muerto y resultado de una práctica presente.
Michel de Certeau
Todo testimonio quiere ser creído y, sin embargo, no lleva en sí mismo las pruebas por las cuales puede comprobarse su veracidad, sino que ellas deben venir desde afuera.
Beatriz Sarlo
Hay demasiadas cosas intraducibles, pensadas en sueños; intuidas, a las cuales uno puede encontrarles su verdadero significado solamente con el sonido original… o el color [...], lo inefable. La aventura de lo desconocido.
Juan Rulfo
En busca de un rostro y sus imágenes
La imagen lo aprehende y lo devora todo; es una paradoja, la imagen nace, se delinea y se ilumina gracias a los códigos textuales, orales y visuales. La imagen se asimila a todos los discursos; resplandece, se oculta y se impone.
¿Cómo se construye la imagen de Juan Nepomuceno Pérez Rulfo Vizcaíno? La violencia arrastró a la familia con un sino trágico que lo condujo a un encierro alojado entre la sordidez y la incertidumbre social. La violencia se entrometió en su vida, la quebrantó y le escribió un destino con posteridad.
La temprana ausencia del padre y de la madre fue motivación y fermento de la creación. La muerte se volvió para él una obsesión desde aquella madrugada que lo arrancaron del sueño para decirle que su padre había muerto. Semanas antes el niño había cumplido seis años. Con el tiempo se fue enterando, poco a poco, de los pormenores del asesinato. La muerte de la madre, cuatro años más tarde, acabaría con su infancia anímica, sin dejar en su futuro rastros de optimismo. Se dice que supo del fallecimiento en el orfanatorio, después del sepelio. Era natural su obsesión por la muerte: abierto a la contemplación desde la lectura, su fantasía le llevó a crear atmósferas, acompañándose de sus muertos. Los cementerios y las criptas son surcos de una historia regional que el escritor quiso preservar (“nunca dejemos que mueran nuestros muertos”), y las actas de defunción son apenas lejanos vestigios.
El destino de Juan Rulfo estaba, pues, trazado a los diez años de edad: la vocación de escritor se reveló al reconocer los territorios y las fisuras del propio vacío. En 1985, al escribir sobre el origen de Pedro Páramo, fue rotundo: “El mérito no es mío, sólo pensé en salir de una gran ansiedad. Porque para escribir se sufre en serio” (Rulfo, 1985a: 1A, 14A). Destino y creación se pronunciaron en una sola voz.
El sentimiento de pérdida condujo a una búsqueda de los orígenes y múltiples explicaciones de la muerte. Las respuestas se gestaron en la biblioteca de la casa materna donde leía por placer; también para rehuir de la guerra cristera, cuya violencia él podía escuchar y sentir a unos pasos fuera de su casa. Le pareció una guerra inútil de parte del clero y, también, del gobierno.
Esa búsqueda de los orígenes anímicos se singularizó como uno de los leitmotivs más reiterados en su obra. Y la carencia de cimientos filiales se expresó desde los primeros años con una mirada manchada de abandono. Se abrirá un abismo en el cual se asentará el enigma de un hombre que sin proponérselo alcanzó la fama; volvió más severa su autocrítica y lo inhibió en la entrega de sus textos a las editoriales. Al final de su vida reveló: “la fama es como esas nublazones que no dejan a uno subir una montaña. Con la fama uno deja de ser uno mismo. La fama es un estorbo, si es que es algo”.
Entre la novela escenificada en la ciudad de México —de la cual sólo se salvó “La vida no es muy seria en sus cosas” y es posible que “Un pedazo de noche”—1, y la publicación de Pedro Páramo pasaron cerca de veinte años. 1955: año crepuscular en la vida de Juan Rulfo. Fue el inicio del alumbramiento de una obra y, también, el ocaso escritural en la vida de un hombre cuya creatividad fue contenida muchas veces por una presión exterior que lo intimidaba y le exigía como a un ídolo elevado por la industria del espectáculo. Siguió escribiendo, pero no volvió a publicar, si se exceptúa El gallo de oro y otros textos para cine.2 Nadie imaginó que se estaba iniciando una leyenda en la literatura de habla española: la leyenda del silencio. El misterio sombreó e iluminó su vida. Se descubrió una imagen polifórmica que resplandeció y se apagó con intermitencias.
La obra tuvo resonancia inmediata. Y las críticas, con algunas excepciones, fueron favorables. Lecturas superficiales o insidiosas dieron lugar a la versión de una recepción negativa.3 En el extranjero la aceptación ha sido tan paulatina como inusitada. No ha dejado de extrañar la lentísima recepción en un país como España; ahora sabemos con sorpresa que el comité censor franquista encargado de juzgar Pedro Páramo prohibió, en 1955, la publicación de la novela, “en bloque y sin apelación posible”.4 Los cuentos y la novela de Juan Rulfo se conocen en más de cuarenta lenguas y actualmente se siguen realizando nuevas traducciones. Esta es una obra siempre abierta a los hallazgos cubiertos de silencio y enigmas; con un estilo lacónico que fusiona tradiciones literarias y hablas regionales en una síntesis estilística y una depuración del habla de los personajes.
Los asertos quebrantados y las verdades sometidas a la duda son constantes en la figura de Juan Rulfo. Proyectos malogrados o perdidos y borradores destruidos caracterizan las rutinas de escritor. Adentrarse en su vida representa una aventura riesgosa que conduce a las aproximaciones más que a las certezas. La corrección cronológica no ha imperado. Las huellas de una vida se diluyen y terminarán por consumirse en el cuerpo de su propia imagen, como las nubes inflamadas de un crepúsculo anuncian que la oscuridad se apoderará del firmamento.
La ambigüedad signa al escritor y a sus declaraciones, al igual que los pronunciamientos de sus personajes, sólo sugieren o desconciertan. Una muestra: el lugar donde nació. El acta de nacimiento señala que fue Sayula; así lo indica Federico Munguía Cárdenas (Antecedentes y datos biográficos de Juan Rulfo, 1987), quien le preguntó al autor de “Luvina” en dos ocasiones su lugar de nacimiento; la primera respondió que en Apulco y la segunda que en San Gabriel. Pero Felipe Cobián, al parecer, fue el primero que anotó el año exacto del nacimiento de Carlos Juan Nepomuceno Pérez Vizcaíno: 1917; lugar, Sayula. En un texto publicado en enero de 1986, Cobián prueba su afirmación con el acta de bautismo de la cual reproduce un fragmento.5 Ahora sabemos —aunque sin documentos originales probatorios— que Rulfo tenía tres actas de nacimiento, dos de ellas sin asiento en los libros que las certifiquen; el documento se legitima con el acta de bautismo existente en el templo parroquial de Sayula (Ascencio, 2005). En los últimos años, fuentes allegadas a la Fundación Juan Rulfo han determinado que Apulco es el lugar de nacimiento que él eligió como verídico.6
Los empeños de los biógrafos han fructificado. Las vaguedades se han desvanecido y los futuros estudiosos ya tienen asideros, inexistentes apenas hace diez años. Nadie discute que Rulfo nació en 1917, aunque en la mayoría de diccionarios y las cronologías se anota el año de 1918, incluso en publicaciones relativamente recientes como la cronología incluida en Toda la obra (Rulfo, 1992: 407). El escritor jalisciense murió el siete de enero de 1986, pero se puede leer en algunos textos que el fallecimiento ocurrió el día ocho (González Boixo, 2002: 17; Vital, 1998: 58); en el Diccionario de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias, se indica que el escritor murió el seis de enero (Ruiz Castañeda y Márquez Acevedo, 2000: 742), y en el Diccionario de escritores mexicanos. Siglo XX, se afirma que el deceso ocurrió el 17 de enero, lo cual parece una errata (Ocampo, 2004: 468).
Lo sabemos, también, sin decirlo, la sola pronunciación de su nombre, Juan Rulfo, la mención de El Llano en llamas, Pedro Páramo y de sus fotografías, significa introducirse al museo de las figuras y tradiciones de México que nos dan pertinencia ante la mirada de los otros, los extranjeros: eternos amigos distantes, ante quienes nos sentimos ajenos y buscamos cimientos de nuestra identidad. A la obra de Rulfo, como a la de ningún otro autor, se le atribuyen rasgos de esencialidad mexicana aunque este atributo sea tan discutible como la ambigua frase “identidad nacional”,7 no sólo para los lectores mexicanos. Tarja Roinila, traductora de Pedro Páramo y El Llano en llamas al finlandés, observa que el concepto de esencialidad mexicana es un estereotipo, lejano de la literatura: “A mí incluso el concepto de ‘esencialidad mexicana’ (o de cualquier otra nación) me parece bastante cuestionable. Habría que preguntarse cuáles serían los rasgos ‘esencialmente mexicanos’ de una obra: ¿el habla, el paisaje?” (García Bonilla, 2006a, 11).
El tiempo dispuesto en días
¿Cómo surgió la idea de escribir una cronología sobre un autor del cual ya se han escrito miles de páginas que han glosado e interpretado su obra? ¿Por qué ceñirse al tiempo si éste sólo es una abstracción que agota ilusiones y debilita conciencias? Todos creamos un tempo cotidiano que es la medida de nuestros deseos. En el mundo funcional, el tiempo es la medida de las acciones productivas y redituables. Es un aliado en los logros y un inexorable inquisidor cuando las tentativas no encuentran tierra firme.
Hacia 1997 me propuse escribir un texto sobre el momento en que el escritor dejó su natal Jalisco y llegó a la ciudad de México, donde se establece en 1935. Su vocación como escritor estaba marcada y buscaba nuevos rumbos y motivaciones en la literatura. Al revisar las cronologías existentes y algunas entrevistas, advertí que muchos datos elementales no coincidían y que había muchos errores. Tampoco sabía que muchos territorios en la vida del escritor no podrán descubrirse a pesar de la existencia de documentos y los hallazgos de estudiosos y biógrafos. Se desconocen con exactitud los periodos en que el escritor residió en Jalisco y las temporadas en que habitó la ciudad de México antes de instalarse, a finales de 1935, en el Molino del Rey, siendo su jardín el bosque de Chapultepec, donde leía. Incluso hacia 1998 no había información precisa sobre cómo llegó a la capital del país e ingresó en sus distintos empleos; aún ahora persisten las vaguedades. Habrá pasajes que con dificultad se conocerán, por ejemplo las circunstancias y el momento preciso en que abandonó su empleo en la Secretaría de Gobernación. Según documentos del expediente del escritor en Gobernación, en junio de 1947 —oficialmente- todavía trabajaba en esta Secretaría, aunque a partir de algunas cartas del escritor se sabe que en febrero de ese mismo año ya estaba en la Goodrich Euzkadi.8
Confronté los datos que tuve a mi alcance en ese momento y pude conformar el itinerario que rodeó el asentamiento de Rulfo en la capital del país (García Bonilla, 2003e: 379-392). Meses después, durante un curso universitario, prefiguré un texto concebido como ensayo biográfico que diera cuenta de la vida del escritor y su obra, al cual ya había dedicado textos de distinta índole. Me propuse una interpretación en amplios trazos que abarcara una versión propia del escritor con datos fidedignos. Estaba lejos de imaginar lo que significaba adentrarse en la vida del escritor más insólito de la literatura mexicana. Encontrar enormes islas de vacío informativo me llevó a buscar algunas fuentes originales.9
La curiosidad y la necesidad de desvanecer confusiones derivaron en una investigación: la cronología rebasó su concisión inicial. Durante cuatro años, el final se pospuso muchas veces. El cotejo de nuevos textos biográficos mostró diferencias. Actualicé datos, ampliando las fuentes, dejando señales de las contradicciones de distintas declaraciones o fechas sobre un mismo hecho o circunstancia. Entre 2003 y 2005 se publicaron cinco biografías que me permitieron actualizaciones y correcciones de esta cronología.
Hacia 1997 leí una versión compuescrita de la biografía Un extraño en la tierra de Juan Antonio Ascencio; entre marzo de 2002 y julio de 2003, compartimos información y leí dos versiones más de su texto; al citarlo en Un tiempo suspendido, refiero las versiones compuescritas a las que tuve acceso. En el texto publicado de Ascencio hay datos nuevos respecto de las versiones previas; advertí que en algunos pasajes el estilo cambió; otros pasajes, desaparecieron. En febrero de 2005 apareció Un extraño en la tierra (Debate); entonces yo había concluido la investigación y revisión del cuerpo del texto, y ya no utilicé la biografía de Ascencio en su versión final para el cuerpo de esta cronología (Después sólo he actualizado y precisado información de datos y hechos). Ascencio aclara que el subtítulo —“Biografía no autorizada de Juan Rulfo”—, fue decisión del editor, “pero lo de no autorizada —añade Ascencio— no significa que haya pedido permiso para decir o escribir lo que pienso”.
Aun aceptando que hay lapsos de la vida de Rulfo que nadie ha podido vislumbrar por ahora y menos precisar, esta biografía sigue un recuento, año tras año, sostenido en largos anecdotarios de personajes que conocieron al escritor; Ascencio testimonia y ejemplifica muchas de sus exposiciones con documentos, sobre todo las que tienen que ver con temas muy discutidos, como la fecha y lugar exactos de nacimiento y las circunstancias en que murió el padre del escritor. A pesar de la inocultable turbulencia anímica de Rulfo, Ascencio se niega a creer que fue un personaje trágico, “aunque vivió tragedias como casi todo el mundo. Rulfo oscilaba entre su formación materna-religiosa, y la paterna con intereses nada espirituales. Y como Rulfo tenía una espiritualidad muy desarrollada, vivía entre jaloneos internos” (Cortés Koloffón, 2005: 6). Tampoco cree que se hubiera encubierto en máscaras (aunque a modo de epígrafe su biografía se introduce con un poema de Marco Antonio Campos en el que se lee: “Sabía muy bien de máscaras/ porque utilizó todas, / también las fantasmales”). Añade que la biografía per se no le interesa, sino ligada a la obra: “La afirmación de que la vida del escritor en nada ilumina la obra me parece dictada desde un escritorio” (Espinosa, 2005b: 6).
Juan Pablo Rulfo señala que su familia está en desacuerdo con esta biografía, pero aclara: “nosotros no censuramos nada, […] lo dejamos a la interpretación y sentido común del lector”. Y añade: “Yo no sé por qué inventarle cosas a una persona tan discreta como mi padre. […] Después de su muerte le aparecieron muchos amigos a quienes les dijo cosas únicamente dirigidas a ellos y que luego las transcriben en biografías, artículos y otros textos. […] Mi padre, al ser tan discreto, dejó un enorme vacío que muchos han venido llenando con sus propias invenciones o ideas” (“Morbo, el tema del alcohol”, 2005: 6; Espinosa, 2005: 2).
En octubre de 2001, el investigador Alberto Vital anunció que sería el biógrafo de Juan Rulfo por petición expresa de la señora Clara Aparicio y de la Fundación Juan Rulfo (Vital, 2001). Noticias sobre Juan Rulfo 1784-2003 se publicó en 2004.10 Es la única biografía autorizada expresamente por la familia del escritor. Contiene fotografías de sus descendientes y no pocas son del propio Rulfo. Este acercamiento a la vida del escritor destaca por la mesura en el uso de fuentes testimoniales (epistolarios y otros documentos). El lector se introduce a la vida de los antepasados del escritor y sigue de cerca la trayectoria física y bosqueja la vitalidad anímica del novelista. Corren como leitmotiv las diversas inquietudes intelectuales, artísticas y, también, la preocupación por disciplinas como la historia, la antropología social y la arquitectura en el autor, cuya integridad moral y el carácter insondable de su obra reitera Vital a lo largo de su texto. El autor de Noticias sobre Juan Rulfo es el único biógrafo que contó con el archivo personal del escritor y documentos de sus herederos; es notoria la ausencia de una recuperación de la ciudad de México que Rulfo conoció y respiró entre 1935 y 1985. Ya en Aire de las colinas. Cartas a Clara (2000), el investigador, que es autor del prólogo, pudo enriquecer el epistolario con notas sobre hechos, nombres y fechas que evidenciaran la vida cotidiana del escritor y que precisarán, por ejemplo, los constantes cambios de residencia y las rutinas del escritor en el gremio de los escritores y, en general, del medio ambiente. En su biografía, Vital esboza el ambiente que rodeó al escritor y colorea su narración más que penetrar en ese complejo vínculo que el escritor jalisciense tuvo con la ciudad de México, donde encontró al personaje más significativo al inicio de su vida literaria: Efrén Hernández. De la amistad entre ambos escritores casi nada se sabe. ¿Nunca existió una correspondencia entre ellos?
Al particularizar sobre alguno de los mitos en Rulfo e indirectamente sobre el halo hagiográfico de las biografías autorizadas señala: “Yo quise hacer la biografía de un creador en su fase generativa, no sólo en su vida personal, sino en la literatura y la cultura mexicana. No intento santificar la vida de Rulfo. Si se descubriera un texto sobre su alcoholismo, replantearía mi biografía”.11
Durante el otoño de 2001 supe que Nuria Amat preparaba una biografía sobre Juan Rulfo. La escritora barcelonesa me comentó su proyecto; le proporcioné materiales y documentos de mi propio archivo. El 26 de diciembre de ese año el diario mexicano Reforma publicó una entrevista con Amat (quien dirige la colección Vidas Literarias de Ediciones Omega, dedicada a “vidas literarias” hechas por escritores). Ella había pedido a varios escritores mexicanos escribir una biografía sobre Rulfo; no aceptaron y la instaron a que ella misma la escribiera. Al responder si conoció a Rulfo, Amat respondió: “Nunca lo vi. Para trabajar esta biografía he recurrido a fuentes documentales. Como parte de la investigación, mantuve contacto con Clara Aparicio, la viuda de Rulfo, y hablé con escritores y artistas mexicanos cercanos a su obra como Carlos Fuentes, Vicente Rojo, Aline Pettersson, Sergio Pitol y Juan Villoro. Además cuento con el apoyo de Roberto García Bonilla, especialista en temas rulfianos” (Contreras, 2001: 2). Tres días después apareció en la misma sección del periódico una misiva de Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo. Al referirse a la entrevista hecha por el periodista Gabriel Contreras, niega que Amat hubiera mantenido contacto con la señora Clara Aparicio; agrega que sólo hubo una escueta correspondencia a través de la agencia literaria de Carmen Balcells, que no abordaba en absoluto información sobre la vida de Juan Rulfo. Más adelante pone en entredicho la seriedad de la investigación de la escritora española, y al contar con el apoyo de quien ahora escribe, “aumenta la certeza de que su trabajo tendrá las bases más dudosas que quepa imaginar”. El vocero de la Fundación Juan Rulfo argumenta: “Conocemos el trabajo del Sr. Bonilla, al menos en parte, ya que él nos ha entregado algo del mismo con la intención de que la Fundación Juan Rulfo lo avale, lo que nunca sucedió ni sucederá. El trabajo de García Bonilla consiste sólo en una colección heterogénea de datos y testimonios, carente de todo rigor y con una clara inclinación hacia el sensacionalismo” (Jiménez, 2001b: 2).
Nunca pedí a la Fundación que avalara mi trabajo; solicité información y en marzo de 2000 entregué varios centenares de artículos periodísticos a Juan Pablo Rulfo, que era un duplicado de mi propio archivo sobre Rulfo, conjuntado hasta ese momento. Con esa entrega no pretendí ningún reconocimiento; ya desde un año antes sabía que nunca tendría acceso al archivo personal del escritor. Hay que aceptar que nadie con criterios propios necesita autorización, ciertamente, para realizar una investigación literaria. La vida y la obra de un escritor no son un secreto de Estado, ni estudiarlo es labor que requiera concesiones excepcionales o indulgencias de herederos o instituciones.
En diciembre de 2003 se publicó El arte del silencio (Madrid, Omega). Nuria Amat coloca a Rulfo entre los grandes escritores del siglo XX y enfatiza la influencia que Rulfo fotógrafo tuvo en Rulfo escritor. Aclara que es novelista, no biógrafa: “Viajé a Comala a través de la novela de Rulfo”. Amat ha concebido una biografía literaria; ésta es una reflexión e interpretación de los caminos escriturales de Rulfo en su agotamiento ante la hoja en blanco y los intentos creativos de largo aliento sin fructificar. Uno de sus objetivos fue escribir una biografía que pudiera leerse como se lee una novela (Amat, 2005: 4; García Bonilla, 2004b), así se explica que la autora barcelonesa no tuviera entre sus objetivos la precisión de datos, anécdotas y personajes presentes en su texto, en el cual ensayo y biografía se funden, destacando temas como la influencia del escritor y su silencio creativo después de 1955.
La escritora y periodista argentina Reina Roffé publicó Juan Rulfo. Autobiografía armada en 1973, uno de los primeros textos biográficos del escritor a partir de nueve entrevistas y textos en primera persona (Roffé, 1973; y 1992). Conformó un monólogo donde el autor habla de sus antepasados, su infancia, la vida rural en las localidades que él conoció en Jalisco; abunda, también, sobre la gestación y realización de su obra; alude a la mítica novela “La Cordillera”; habla de su posición como escritor, del choque entre el campo y la ciudad de México. El texto está sombreado por constantes que signan la vida y la obra del escritor como la soledad, la búsqueda, la pérdida y la muerte. Y durante el otoño de 2003 se dio a conocer en México Juan Rulfo, las mañas del zorro (Madrid, Espasa). A partir de la definición básica de biografía, la historia de la vida de una persona, Roffé sitúa al escritor jalisciense en un contexto histórico, social y familiar. Ya el título alude al silencio creador, que alcanza vertientes como la soledad y las evanescentes imágenes que identifican al escritor. Esta biografía gravita entre el respeto al personaje y el cuestionamiento de algunas de las imágenes que al enlazarse pueden truncarse. Prioriza el juicio de otras voces sobre la interpretación personal: “Dejo que el lector haga su propia composición de lugar, armé el puzzle de la vida de Rulfo, una vida íntimamente ligada, por supuesto, a la construcción de su obra”. Aborda un tema recurrente en Rulfo: el silencio, pero se distancia de la emotividad implícita y prefiere sintetizar la pluralidad de hechos y épocas para alcanzar un retrato propio del escritor jalisciense. (García Bonilla, 2003a). Esta biografía acentúa las contradicciones del escritor cuya personalidad es, más allá de las tipificaciones, indescifrable.
Dentro de la colección Grandes Mexicanos, el Grupo Editorial Tomo, publicó, en 2004, Juan Rulfo. Sus autores son Grigori Karlenovich Gazarian y Sorel Scarlet Contreras Meyemberg. Esta biografía, sobre todo descriptiva, destaca por su síntesis. En la mayoría de los casos las fuentes que cita son reconocibles, aunque nunca se mencionan. Se pueden encontrar largos pasajes en los que se toman otros textos casi directamente; y cuando se hacen citas textuales, no se indica su procedencia. Las omisiones bibliohemerográficas impidieron citar esa biografía cuyos autores evidencian conocer muy bien la vida del escritor y algunos de los intersticios de la vida cultural mexicana. Sin duda los nombres que dan autoría al libro son seudónimos. La veracidad de una fuente no adquiere autenticidad con la mención del autor o vocero de la información, pero consignar las fuentes procura cierta confiabilidad porque se tiene, al menos, la certeza de cuál fue el origen de los datos y cómo emergieron los conceptos y los discursos sobre un objeto de estudio, lo cual permite, a su vez, un uso cauteloso y con reservas o, bien, con la certidumbre que confieren la fuentes de primera mano y, por supuesto, los documentos originales.
Los cronistas de Rulfo, como sus personajes, han recorrido largas travesías en plenos eriales. A más de medio siglo de la publicación de Pedro Páramo y a noventa años del nacimiento del escritor, todavía hay interrogantes que las biografías sólo han respondido parcialmente. Priorizar la exactitud de los datos y las fechas en un texto biográfico puede conducir a una obsesión que agosta una investigación en perjuicio del trabajo escritural. La precisión de fechas y lugares no alteran ni magnifican las acciones, los méritos o el silencio de un creador, aun con la evidencia de expedientes originales; además suponen la aprehensión neutral de los sucesos. La evocación con calendarios y documentos —aspirando a la neutralidad— es una suerte de impresión en negativo de la realidad. El lector situará el contexto, y —tal vez sin proponérselo— construirá su propia imagen del escritor.
En esta cronología se fundieron géneros y estilos: el lector pasará de la nota informativa a las memorias; de la cita académica al ensayo; de la historia social al anecdotario; de la reflexión íntima a las evocaciones; del reportaje a los pocos archivos disponibles de instituciones y personas con quien Rulfo tuvo relación. Tomé en cuenta crónicas que esbozan instantes de la vida del escritor y del medio cultural que frecuentó. Ese acervo se iluminó y se confrontó con algunos textos personales que su autor nunca habría aceptado que se publicaran: Los cuadernos de Juan Rulfo (Rulfo, 1994) y Aires de las colinas. Cartas a Clara (Rulfo, 2000a). En las relecturas, la intimidad del escritor ilumina detalles de su vida pública y vitalizan fechas y enumeraciones, los textos seleccionados se desplegaron en muchos sentidos. Se ha rescatado la voz de Rulfo en entrevistas, evocaciones, frases epistolares y reflexiones escritas por él mismo, aunque tampoco significa que me propusiera que el autor “hablara por sí mismo”.
Se vislumbran huellas de su peregrinaje. En los últimos años, la fama le dio algunas recompensas secretamente deseadas y un sinfín de obligaciones que cumplió con pesar. El escritor contuvo una vida interior en permanentes vórtices emotivos que le hacían irrespirable la vida cotidiana; apenas la pudo sobrellevar. Cuando él dijo que sus contemporáneos no lo comprendieron,12 no se refería a su obra sino a su persona. Con la mentira, el escritor quiso defenderse y distanciarse de preguntas que lo mortificaron y debilitaron. También alteraba los hechos y las anécdotas para ironizar —con humor sardónico— ante los imponderables y las fatalidades. Las declaraciones de Rulfo son con frecuencia laconismos soterrados, y están presentes las ocurrencias inventadas en el climax o en las pausas de las conversaciones. Pero cuando él se extrovertía se revelaba un excepcional contador de historias, y en sus recuerdos mezclaba la invención con la realidad. Escribía mientras hablaba. (“La realidad está allí. Yo la conozco, pero para escribir, necesito imaginarla… Entonces la mayoría de las veces, cuando la describo, es a través de lo imaginario y termina por no parecerse en absoluto a la realidad”).13 Y su aspereza fue casi siempre simulada, se vestía de hombre impasible, utilizaba la soberbia para aislarse del mundo y, también, para exigir un sitio que en ocasiones se le escamoteó. Envuelto en el ensimismamiento quiso ocultar una vida sin sosiego.
En esta cronología aparecen protagonistas de la literatura que rodearon al escritor que fueron sus amigos —como Efrén Hernández, Marco Antonio Millán, Antonio Alatorre o Juan José Arreola— que leyeron sus manuscritos u originales antes de su publicación. Y a partir de objetivos iniciales, el texto alcanzó los contenidos y la medida pertinentes. La estructuración cronológica vertebró la narración y permitió el flujo discursivo entre la polémica y la discusión de algunos temas, sombreados o iluminados por la voz del escritor que siempre se oye; la recuperación de instantes de época y protagonistas de nuestra literatura en la segunda mitad del siglo XX.
De la ausencia de documentos a la administración de una imagen
Uno de los obstáculos al abordar textualmente la vida de Juan Rulfo ha sido la imposibilidad de acceder a sus documentos personales; alcanzarlos —ahora— es mucho más difícil que haber logrado una entrevista con él. Una de las imágenes más conocidas es la de un hombre huraño y retraído, alejado del medio literario. Aunque la cantidad de entrevistas que ofreció dentro y fuera del país podrían desmentir su fama de hombre silencioso,14 él rehuía los grandes auditorios y era experto en eludir a la prensa y desaparecer por las escaleras de servicio, mientras los periodistas y admiradores esperaban en salas de prensa o en los cafés de los hoteles. Tenía estrategias para proteger su intimidad, aislarse y mantenerse en el anonimato en los encuentros de escritores y otras celebraciones a las que asistía, en ocasiones obligado por los compromisos que el prestigio le exigía.
La familia del escritor ha mantenido la misma cautela para proteger esa intimidad. En 1996 se constituyó la Asociacion Civil Juan Rulfo, encabezada por la señora Clara Aparicio, quien comentó entonces que el organismo se proponía la conservación y difusión de la vida y la obra de su esposo. Se proyectó la creación de un centro de documentación conformado por 200 manuscritos y cerca de seis mil negativos del trabajo fotográfico del escritor. La Asociación se propuso “servir de puente entre el legado del escritor y todo aquel interesado en acercársele”.15 Y ya como Fundación Juan Rulfo, dos años después, se renovó la organización y se hizo una crítica a actos públicos en torno al escritor y a algunos estudiosos de su obra, “que se hacen pasar por especialistas en la obra de Rulfo y que sólo denigran su imagen. Queremos saber lo que se hace —añadió el vocero de la institución—, no para controlar o frenar las iniciativas, sino para canalizarlas o dirigirlas mejor” (Bautista, 1998: 3C). En esa supervisión, la frontera entre crítica y censura en distintos momentos se ha perdido.
Es natural y legítimo que los familiares del escritor retoquen su propio retrato y proyecten, así, la imagen deseada. Al encontrarse con el juicio de valor, el cuidado extremo de los herederos conduce a un prurito en compulsión. Y se suele olvidar que la obra de un creador forma parte de un patrimonio, en este caso, de la cultura mexicana y, en un sentido más amplio, de la literatura del siglo XX. ¿Por qué cuestionar, entonces, que los estudiosos seleccionen y se dediquen a un determinado autor o época, independientemente de su sagacidad o impericia? Al controlar el acceso a los documentos personales de un creador, surge una confrontación con la libertad de expresión, y los juicios y valoraciones pueden ir del análisis a las apreciaciones oblicuas; de los intereses usufructuarios a la proyección de imágenes arquetípicas. Las intrigas y entredichos en torno a Rulfo han llegado a la obstinación visceral; cayendo, incluso, en el escándalo: desde donde se ejerce el poder político hasta los cubículos universitarios, pasando por las oficinas de editoriales y redacciones de prensa donde la sola mención de Rulfo ha significado una nota de primera plana en las secciones de cultura o de espectáculos.16
Conformación de Un tiempo suspendido
Ya en la primera versión de esta cronología consigné datos y fechas imprecisos o desconocidos hasta ese momento (2001); pude ordenar también ciertos hechos y temas alrededor de la vida de Juan Rulfo, pero estaba lejos de imaginar que reuniría en un solo volumen una geografía actualizada de los distintos campos en que se ha diversificado la investigación sobre la vida, la obra y la crítica (académica, ensayística y periodística) del autor de El llano en llamas y Pedro Páramo.
Se encuentra un seguimiento de la vida del autor, hilado en su estructura a través de una sucesión cronológica. Y si el desarrollo de las ideas y de los temas interrumpe su linealidad en la sucesión del tiempo se debe a la imposibilidad de ceñirse a la memoria —aun de modo sucinto— y atenerse a la secuencia invariable de los calendarios.
Habría sido más sencillo mostrar los acontecimientos por temas que determinaron la existencia del escritor y se habría facilitado la lectura —en apartados independientes— de diversos hechos alrededor de la obra y la crítica de su obra. Al presentar —a modo de voces en contrapunto— de manera alternada o en sucesión, documentos, informes y apreciaciones, nos encontramos con una narración fragmentaria que permite el entrecruzamiento de hechos vistos y valorados por distintos observadores y protagonistas en diversos pasajes del espacio y del tiempo; así, aparecen indicios que se alimentan y complementan entre sí.
Se advierte una narración segmentada por voces diversas que están presentes; la convivencia de diversos géneros deja la sensación de una lectura brumosa, incluso caótica. Esa impresión es aparente. Me propuse un estilo abierto a cruces temáticos y temporales, y a la posibilidad de una narración polifónica en sus interpretaciones; esta textura de voces procura, avanzando en la lectura del texto, una lógica que será propia en cada lector de acuerdo con sus horizontes y pretensiones de ahondamiento, que puede ir desde un conocimiento anecdótico hasta el punto de partida o desarrollo de una investigación sobre el escritor de Apulco.
Quise mostrar opiniones antagónicas entre sí sobre ambigüedades o imprecisiones que siguen causando dudas y polémicas. Quise sugerir antes que llegar a conclusiones ostensibles en torno a un personaje de nuestra cultura marcado por el sino de la ambigüedad. Durante la investigación fui despejando dudas y después de cotejar informaciones, declaraciones y opiniones, logré diluir confusiones; en algunos casos los datos cronológicos emergieron con naturalidad y se integraron a hechos contextuales. Hubo momentos, incidentes y circunstancias cuya ocurrencia se puede conjeturar, sin poder confirmarse. También quedaron algunos vacíos sobre viajes y residencias del escritor de los cuales poco o nada se sabe; y hay pasajes cronológicos, anecdóticos e históricos que son el resultado de una construcción de elementos inconexos.
Nos enfrentamos a la complejidad que significa la relación memoria-tiempo-historia y la necesaria recuperación del pasado y la proyección al futuro con horizontes del presente. Aparece uno de los objetivos en esta investigación: la recuperación testimonial sistemática sobre el escritor jalisciense; cuya aura mítica le signa. Habrá que recordar con Leon Edel que “el mito de una vida está oculto dentro de la obra de arte de todo poeta, y en los gestos de un político, los lienzos y estatuas del arte y los ‘estilos de vida’ de los personajes carismáticos”. Al conformar las entradas de la cronología, me propuse un estilo que evitara deslindes terminantes y, a preguntas planteadas, eludí respuestas únicas, aun cuando encontré pruebas testimoniales o documentales. En la mayoría de los casos las respuestas son implícitas. He preferido que los lectores deduzcan, conjeturen y lleguen a sus propias conclusiones. La autenticidad de una vida, recuperada en la hoja en blanco, no depende de la precisión cronológica; los documentos por sí mismos no confieren rigor a una investigación (el rasgo científico tan anhelado por la academia en las últimas décadas). La glosa del más profuso de los epistolarios tampoco garantizará la credibilidad a un biógrafo. La recuperación de la memoria no se articula en la reconstrucción del tiempo cronológico; esta labor apenas sustenta la investigación histórica y vitaliza los testimonios de los cuales el investigador tendrá que extraer el zumo, por más inocuos que parezcan los testimonios; es posible, incluso, descubrir señales reveladoras de lugares comunes en torno al escritor y advertir motivos de reflexión en anécdotas notorias por su frivolidad.
Debo reiterar que esta investigación es una suma de tentativas que aspira al esclarecimiento de hechos sin pretender absolutos. Intenté, sobre todo, la confrontación de opiniones, de tendencias críticas con la documentación de testimonios que a lo largo del tiempo han transitado en distintos ámbitos y que en su transmisión —como es natural— han tenido alteraciones y reconstrucciones que siguen cambiando las versiones y hechos que se consignaban como auténticos y definitivos. Evité la verdad única que termina siendo dogma, versión oficial o acto de fe. Dejé a un lado preferencias y aversiones; consideré todos los textos y autores que revelaron nuevos datos y complementaron información ya conocida.17
La objetividad es una aspiración ideal o un planteamiento retórico, nunca un logro consumado. ¿Quién determinará —con informantes o documentos— la verdad o falsedad de los hechos? ¿Por qué tienen más credibilidad ciertos estudiosos que otros? ¿Qué legitima a un académico frente a los herederos de un autor? Al aproximarse a la obra de Juan Rulfo, las metodologías en boga consumidas en las universidades ¿son una garantía de rigor en análisis, de la transigencia en la diversidad de opiniones y de conclusiones reveladoras? Un acercamiento, denominado científico, ¿excluye las valoraciones descriptivas e impresionistas? ¿Quién contará con más credibilidad, no necesariamente con mayor precisión, la historia de Juan Rulfo? ¿Quién aportara la legitimidad sin mácula?
Estas interrogantes han dado el tono, la extensión, las vertientes bibliohemerográficas a este texto. Tiempo, memoria e imagen —cimientos y ejes de reflexión— son motivos que descubren evocaciones y recuperan hechos e individuos que poco a poco han ido habitando esta investigación.18
La descripción histórica de este tiempo suspendido se inicia en 1784, año de nacimiento del ancestro más lejano de Rulfo, Juan Manuel Rulfo, y concluye en enero 2002, momento que coincide con el fin de un homenaje multidisciplinario en el cual se presentó una exposición de más de cien fotografías del escritor jalisciense. Se mantuvo el seguimiento cronológico diez y seis años después de la muerte del escritor para mostrar el creciente interés de los estudiosos en la obra fotográfica. No es menos significativa la importancia que la obra de Rulfo sigue teniendo en el mundo universitario donde los académicos repiten o renuevan metodologías interpretativas.
Las bibliohemerografías se actualizaron hasta marzo de 2007:19 de manera complementaria e independiente se podrán consultar la cronología y el apéndice, con catorce apartados; contiene las ediciones de las obras del escritor en el Fondo de Cultura Económica y otras editoriales; la enumeración de textos del escritor jalisciense: cuentos, relatos, algunos borradores, guiones para cine. Cartas y textos autobiográficos. Se incluyen referencias de ponencias, conferencias, prólogos, pláticas, semblanzas de artes plásticas, textos de arquitectura, monografías sobre literatura y presentaciones públicas que se convirtieron en textos, algunos clásicos como “El desafío de la creación”, así como los títulos de manuscritos de las reseñas que escribió para el boletín del Centro Mexicano de Escritores. Se recuperan fichas sobre presentaciones, lecturas y referencias literarias en torno al escritor y su obra, y bibliohemerografías agrupadas genéricamente: Discografía; Fotografía; Traducciones; Tributos al escritor y a la obra; Tesis; Cronologías; Entrevistas y Conversaciones; Referencias Intertextuales a Juan Rulfo y a su obra en textos literarios, y finalmente, una descripción clasificada de Bibliohemerografías. Este apéndice en conjunto —más de un millar de fichas— está lejos de contener la suma bibliohemerográfica sobre Juan Rulfo y su obra; es una amplia actualización de las publicaciones en español sobre la crítica y recepción de Rulfo. En este apéndice de bibliografías comentadas, se comentan —en las fichas— reediciones, modificaciones, omisiones o errores de textos consultados directamente.
Gerald Martin escribió a principios de los noventa del siglo pasado: “estamos a dos o tres años de un momento en que un primer ciclo completo de posibilidades críticas habrá terminado su trayectoria y una nueva generación podrá empezar de nuevo” (Martin, 1992: 545). Las palabras de Martin se han cumplido. Poco antes de terminar el siglo XX se agotó ese ciclo, cuyas vertientes críticas e interpretativas más importantes son la formalista, la mítica y la sociológica, además de los estudios interdisciplinarios (Sommers, 1974a: 8-10). Luego se sucedieron los acercamientos biográficos que naturalmente tienen antecedentes en textos clásicos como los de José Emilio Pacheco: “Imagen de Juan Rulfo” (1959); Luis Harss: “Juan o la pena sin nombre” (1969); Reina Roffé: Juan Rulfo, autobiografía armada (1973), y más recientemente los cuatro textos de Felipe Cobián Rosales -pubicados días después del fallecimiento de Rulfo- (Cobian Rosales, 1986 a, b, c, d); Ramiro Villaseñor: “Biografía” (1986); Federico Munguía Cárdenas: “Antecedentes y datos biográficos de Juan Rulfo” (1987); Hermenegildo Olguín, “Los Rulfo, burócratas; los Vizcaíno, caciques” (1988); Antonio Alatorre, “Cuitas del joven Rulfo burócrata” (1992) y “La persona de Juan Rulfo” (1999), así como el de Emmanuel Carballo, “Juan Rulfo, 1917-1986” (1994);20 el de Jorge Rufinelli, “La leyenda de Rulfo: cómo se construye el escritor desde el momento que deja de serlo” (1992); el de Sergio López Mena, Los caminos de la creación en Juan Rulfo (1993), y los de Fabiola Ruiz, Por el camino de Juan (1995-1996) y Memoria. Rulfo. Las mujeres (1999).
Los 50 años de vida de Pedro Páramo coinciden con el inició de un nuevo capítulo en la crítica rulfiana, que corresponde a los jóvenes estudiosos emprenderlo.
Nuevos desafíos esperan a los futuros lectores de Pedro Páramo y El Llano en llamas. Vivimos un fervor casi religioso ante la permanente actualización de los avances tecnológicos; esperamos con devoción —cercana a la alienación— los nuevos modelos de instrumentos de comunicación: las sociedades desarrolladas, atrasadas y empobrecidas, todos, vivimos la carrera del consumo, y con fiebre de fanáticos ingenuos suponemos una residencia en la “modernidad”, cuando —en muchos casos— sólo pagamos sus enormes costos desde alguna de sus periferias. ¿Cómo se leerá e interpretará, entonces, una literatura asentada en el desencanto, la pérdida y búsqueda de orígenes, la depauperación del campo, la presencia permanente de la muerte y, en general, la angustia existencial inherente a la condición humana? ¿Cuáles serán los nuevos enfoques sociohistóricos a la obra de Rulfo, de lectores cada vez más asépticos ideológicamente?
Esta cronología está lejos de abarcar los temas propuestos; deja -eso sí- un vasto panorama que permitirá a interesados descubrir y penetrar en distintos temas relacionados con Rulfo, en los cuales podrán ahondar los especialistas. Las referencias en el tiempo-espacio,21 aquí, tampoco se establecen como definitivas. Siempre que tuve más de una referencia, he comparado y cotejado distintas fuentes al consignar cada entrada cronológica. Las conclusiones son aproximaciones cercanas a la intuición -errabundos juicios de valor- más que testimonios absolutos. Al no contar con documentos personales del escritor, tuve que priorizar la veracidad de las fuentes, informantes, biógrafos o comentaristas a partir de deducciones propias que no responden, necesariamente, a comprobaciones. Un mismo testimonio o un autor pueden ser más fiables para ciertos temas y datos que para otros, dependiendo del momento y proceso de la investigación. La verdad única, las pruebas e interpretaciones absolutas pierden relevancia, rechazan la discusión, dibujando así imágenes de apariencia monolítica.
Las bibliohemerografías y su significación
Las bibliohemerografías han perdido su valor como testimoniod que mantienen viva la tradición de periodos históricos, temas y autores que se consultaban en los acervos impresos. Asimismo, la red de Internet ha transformado todas las formas de comunicación, búsqueda, adquisición e intercambio de información. La suma de publicaciones periódicas y colecciones de libros han dejado de ser el punto de partida en la introducción o reconocimiento del saber, entendido como parte de una tradición. En países como México, además, no es raro que los acervos bibliohemerográficos sobreviven en medio del descuido, la mutilación (física) y el plagio (intelectual); el rescate de muchos archivos es producto del azar más que de programas y políticas culturales, y su pérdida es ocasionada por la falta de presupuestos, la envidia, la codicia y la ignorancia de herederos, creadores, autoridades, coordinadores de centros de investigación o bibliotecarios. No es menos lamentable la ausencia de libros y revistas, consignadas en los ficheros de las bibliotecas pero inexistentes porque los encargados advierten su desaparición mucho tiempo después.
Las bibliografías alrededor de Juan Rulfo son innumerables pero hasta ahora han estado dispersas en publicaciones específicas, en la mayoría de los casos de difícil adquisición o inaccesibles. La única excepción conocida es la bibliohemerografía de Aurora M. Ocampo que aparece en el Diccionario de escritores mexicanos, ya mencionado; sus fichas más recientes son del año 2000 y, con mínimas variantes y algunos añadidos, recupera las bibliohemerografías de Juan Rulfo, Toda la obra (Colección Archivos, 1992 y 1996). Al consultar materiales e ir conformando un archivo a lo largo de la investigación, cotejé las fichas de los textos utilizados con las bibliohemerografías de volúmenes antológicos.
Si una de las constantes de las cronologías sobre el escritor jalisciense era la ambigüedad, acepté que parte del rigor consistía en mencionar todas las fuentes de información, sin importar la veracidad, los errores y las omisiones. De esta manera penetré en la incertidumbre entre confusiones, mentiras, verdades a medias y —en fin— a los equívocos y las maledicencias que rodearon al autor de “Luvina”. Quise enfrentar la ambigüedad del rumor que generan declaraciones y textos en los que se acusa, dictamina, enjuicia o valora desde el anonimato y aparente neutralidad (“algunos opinan…”, “hay quienes…”, “dicen que…”, “alguien me dijo…”, “sé de fuente fidedigna…”, etcétera). Están presentes las voces de algunos de los protagonistas, observadores, críticos y comentaristas que fueron trazando, sin saberlo, la imagen inaprehensible del escritor jalisciense. Los testimonios fortalecen a la primera y tercera personas —hablante y objetos del habla, respectivamente—. Y al reconstruir se revaloran presencias, imágenes e identidades.
El culto a la palabra alcanza la veneración en la escritura; confiere a todo texto escrito una jerarquía, gracias a la permanencia que la historia y las narraciones orales no poseen: “La escritura hace que ‘las palabras’ parezcan semejantes a las cosas”.22 Las entrevistas, las conversaciones, las evocaciones habladas, transcritas o escritas (informes, artículos, memorias, diarios, epistolarios, etc.) y cualquier testimonio que se integre en la narración de una historia y de una vida —individual o colectiva— acusarán más veracidad cuando contengan una referencia bibliohenerográfica que cuando sea la suma de dichos rumores y comunicaciones orales que perviven en el vaivén de una memoria colectiva construida en la transmisión de cada hablante. Pero es necesaria la cuatela al valorar todo corpus testimonial a los cuales se les confiere una autenticidad casi inequívoca. Los géneros biográficos, por lo demás, gozan de popularidad del un gran público.23
En el proceso de reconstrucción, la memoria agrega elementos inexistentes en la realidad, de los cuales no siempre están concientes los informantes. Existen, también, ficcionalizaciones plenas en la recuperación de testimonios, en una época en que cada día los medios de comunicación se alimentan y explotan la testimonialidad a nombre de ese dileme que es la búsqueda de las fuentes originales que confieren veracidad implícita a la información, o la virtual evidencia de autenticidad que se confiere a los testigos, partícipes o sobrevivientes de un hecho cotidianio e individual, o de sucesos con repercusiones sociales. En este proceso -que contiene la búsqueda, relatividad y sospecha de la verdad- se desprenden algunas interrogante: ¿cómo adquiere legitimidad un testimonio?; ¿cómo se oponen y complementan los géneros biográficos la memoria y la ficción?
Cada línea de esta cronología contiene las fuentes que llevaron a su redacción. Se evidencian contradicciones no sólo en las declaraciones del escritor; en ocasiones, algunas personas al referirse —en distintos momentos— a un mismo hecho o tema cambiaron sus versiones y opiniones. Con frecuencia en cada entrada se complementan fuentes distintas; si contrastan entre sí se describen, dejando marcas para que cada lector deduzca y, también, para que los especialistas tengan indicios sobre las circunstancias y temas sobre los cuales podrán crear y responder nuevas interrogantes.
Pretendí ser un observador más que un dictaminador de opiniones; siempre que fue pertinente referí todas las fuentes bibliohemerográficas que tuve a mi alcance, intentando esclarecer las dudas, o al menos documentar y abundar sobre hechos y circunstancias en los que ha prevalecido el abismo informativo, la confusión o, incluso, la ausencia total de referencias. Aceptemos que la leyenda que rodea la figura de Rulfo no desaparecerá; aun así, es posible documentar, ordenar miles de páginas escritas sobre una obra y su autor, que podrán dar lugar a nuevas investigaciones en los distintos ámbitos de nuestra cultura.
Mientras revisaba los materiales, muchas veces me pregunté para qué sirven las bibliohemerografías, más allá de la utilidad de consulta, de dar autenticidad a consultas y citas textuales24 y su uso en valoraciones y tabulaciones curriculares en universidades y centros de investigación. Yo considero que, además, son fundamentales en la reconstrucción de la historia literaria; proceso epistemológico que no se reduce a la recuperación de tendencias metodológicas, estéticas o filosóficas. Las bibliografías concentran memoria, historia y horizontes críticos. Desde esta perspectiva surgen interrogantes sobre la crítica al insertarse en la creación literaria —desde el esbozo de borradores en los distintos géneros hasta la difusión de los libros; su colocación en el mercado, su venta y su desaparición de las librerías; su regreso a las editoriales o su destrucción definitiva—. Aparece también la pregunta sobre la existencia de comunidades académicas, que fungen como gremios cuyos integrantes conviven y comparten ideas, disienten y aceptan diferencias ideológicas y que redignifican una voz colectiva dentro del ámbito literario, manifestándose más allá de los cubículos universitarios y de la erudición de sus congresos. Me pregunto ahora: ¿hay todavía comunidades académicas que convivan fuera de las bitácoras y reglamentaciones de los cuerpos colegiados y los consejos técnicos?; ¿qué han hecho, en conjunto, los estudiosos cuyas opiniones y trabajo han sido censurados?25
Por su estructura, conformación y el proceso de elaboración, esta investigación propone más preguntas que respuestas y sugiere antes que concluir en absolutos. Las cronologías, por lo demás, representan un pasaje necesario entre colectividades, el mundo físico y los augurios, las cegueras y las caídas que sobre la imagen y representación de las figuras tenemos; son miradas oblicuas de los hechos y sus partícipes. En ese crepitar oceánico, en ese desértico oleaje reposan y se disgregan los distintos tiempos: desde el cronológico hasta el emotivo. Historia y ánima son realidades que aspiran a una conciliación, reducida tantas veces al discurso de la añoranza.
El tiempo también es expectación y reto que derivan en lastre y postración. El tiempo y su ocurrencia —que siempre nos alerta ante el devenir y sus contingencias— es una dificultad en la existencia. Esa indescifrable convivencia entre historia, memoria,26 creación y tiempo es sintetizada así por Juan Rulfo:
El problema de la vida es el tiempo. Yo entiendo que la vida no es una progresión cronológica, vivimos en fragmentos. Hay momentos vacíos, días… La vida no es maravillosa: está llena de maravillas. A veces pueden pasar años sin que suceda nada. Cuando se trata de narrar, solamente cuentan los hechos: cuando no sucede nada, viene un silencio, como la vida, y sólo se guardan ciertas épocas, un tiempo constante, un presente constante (Osorio, 1990: 4-7).
1 Se trata de “El hijo del desaliento” que el joven Rulfo escribió a su llegada a la capital del país a mediados de los años treinta. Véase esta cronología los años 1935, 1936, 1937, 1939, 1945 y 1959.
——————————
2 El propio escritor no tenía buena opinión de El gallo de oro (Rulfo, 1980a); primero se negó a su publicación; luego tampoco quería que se tradujera. Al final, lo aceptó. Sobre este guión que —según dijo a Luis Leal— originalmente concibió como una novela, su autor señaló: “esto lo escribí sobre las rodillas” (Véase en esta cronología: 1956, 1959, 1963, 1964, 1965 y 1980).
Sobre la estatura y significación literaria de El gallo de oro hay opiniones divididas; este texto lo han analizado entre otros autores, Jorge Rufinelli (“El gallo de oro y los reveses de la fortuna”, 1980), José Carlos González Boixo (Claves narrativas de Juan Rulfo, 1980), y más recientemente, Hermenegildo Bastos (“Todo es oro que le sale de la boca. Nación y estado en El gallo de oro”, 2005), Alberto Vital (“El gallo de oro hoy”, 2006), y Carmen Dolores Carrillo Juárez (“El gallo de oro: su género y sus relaciones hipertextuales cinematográficas, 2007).
Milagros Ezquerro escribió: “El gallo de oro no es un texto para cine, sino una novela corta que forma parte cabal del núcleo central de la obra del escritor jalisciense, una novela que no sólo tiene un poderoso atractivo, sino que está hondamente vinculada con la obra anterior”. Véase Roberto García Bonilla (2003: 8), y Milagros Ezquerro (1992: 685).
——————————
3 Algunas reseñas que se publicaron poco después de la aparición de las obras de Rulfo —sobre todo Pedro Páramo— debido a su inmediatez y, por lo tanto, sin contextualización histórica se leyeron como negativas (además de que éstas fueron leídas, más tarde, con superficialidad), es el caso del célebre texto de Alí Chumacero, “El Pedro Páramo de Juan Rulfo”, publicado en la Revista de la Universidad de México en abril de 1955 (Véase en esta cronología, marzo de 1955), o el menos conocido de Archibaldo Burns, “Pedro Páramo o la unción de la gallina” que apareció en México en la Cultura en mayo de 1955.
Hay textos mal intencionados como el de Eduardo Luquín, publicado en mayo de 1957, en el que se lee: “La exhibición de gentes que viven en el campo permite a Rulfo emplear el vocabulario de ellos, y ese modo directo de expresión que ignora el circunloquio, la frase elíptica, la insinuación; por lo que Pedro Páramo se caracteriza por la pobreza del lenguaje. Yo entiendo que el deber primordial del escritor de castellano consiste en escribir buen castellano, en contribuir si no al enriquecimiento del idioma, por lo menos a preservarlo de contaminaciones que lo deformen y degraden. La reproducción de la manera de hablar de las gentes del campo corresponde al fonógrafo, pero no al novelista [...] Yo no invito a Rulfo a escribir novelas de exquisiteces verbales, sino a pensar en que el escritor auténtico no puede ni debe sacrificar la calidad artística a ninguna exigencia anecdótica. Yo veo en Rulfo la madera del buen novelista [...] Si aplicara su inteligencia a la elaboración de una obra de gran aliento lograría escribir novelas capaces de resistir la acción demoledora de los años”; citado por Gerald Martin (1992: 486-487).
Y la última reseña negativa que recibió Rulfo —a decir de Hugo Rodríguez Alcalá— es la de José Rojas Garcidueñas –que data de 1959- quien señala: “En el amplio coro de laudanzas irrazonadas, mi opinión sin duda desconcierta, pero es inevitable consignarla aquí: dejando aparte mi personal repugnancia por ese tipo de literatura sórdida, lo que en Pedro Páramo juzgo más censurable es la estructura, en puridad de lo más simple, se encuentra deliberadamente desquiciada y confusa; porque la novela es, en esencia, el relato de la vida y muestra del personaje epónimo, Pedro Páramo, y ese relato está compuesto sobre tres líneas: a) narración, en primera persona, puesta en boca de un hijo de Pedro Páramo, b) personajes secundarios que a veces dialogan y a veces cuentan breves episodios del relato básico, c) la vida de Pedro Páramo narrada por el autor”; citado por Gerald Martin (1992: 491-492).
——————————
4 Véase Marco y Gracis (2004: 196), citada por Esperanza López Parada (2005). La investigadora Esperanza López Parada señala que, a pesar de la prohibición de la censura española, la novela Pedro Páramo fue publicada —antes de la muerte de Francisco Franco— por la editorial Planeta (Barcelona) en 1969. Y durante la transición, el Ministerio de Educación incluye la novela entre los títulos para el examen de acceso a la universidad.
——————————
5 El bautizo se celebró el 11 de junio de 1917 ante “Román Aguilar, cura interino de está parroquia [de Sayula] bauticé solemnemente y puse el Santo Óleo y Sagrado Crisma a un niño nacido en esta ciudad, el día dieciséis del próximo pasado a las cinco de la mañana, a quien puse el nombre de Carlos Juan Nepomuceno…”. Véase Felipe Cobián Rosales (1986a, 22).
——————————
6 Véase “Juan Rulfo y su obra” (2001). Por su parte Alberto Vital anota: “Si Juan Rulfo nació en Sayula, su lugar electo fue Apulco” (Vital, 2004: 16).
——————————
7 “Aunque no sepamos explicar bien a bien qué diablos significa la tan cacareada identidad nacional —comenta Evodio Escalante—, concepto mítico [...] ningún escritor de nuestros días ha sabido penetrar tan hondo en esta identidad. Carlos Fuentes, Paz, Revueltas, Ibargüengoitia, Magdaleno, todos ellos han contribuido con aportes significativos, pero nadie puede disputar a Rulfo esta interioridad” (Escalante, 1986: 23-A).
——————————
8 En una misiva de fines de febrero escribe a su novia, Clara Aparicio: “Te estoy platicando lo que pasa con los obreros en esta fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Y quieren todavía que uno los vigile [...]; no resistiré mucho a ser esa especie de capataz que quieren que yo sea. Y sólo el pensamiento de trabajar así me pone triste y amargado” (Rulfo, 2000a: 53).
Días después se lamenta de la misiva anterior “tan enredosa”: “La fábrica me hizo ver un mundo muy negro. Y sólo el pensamiento de estar allí siempre me hizo sentir muy bajita la idea de la vida. Entonces fue cuando se me ocurrió rebelarme. Dejar ese trabajo y echar pleito con mis parientes. Hice las dos cosas”. Aunque reconsideró y explicó el motivo: “si acepté de nuevo volver a Goodrich Euzkadi […] no fueron ‘ellos’ (mis parientes) los que me llevaron otra vez a la realidad […]. Fue otra gran voluntad […] Esa gran cosa con cara de voluntad se llama Clara” (Rulfo, 2000a: 59-60). En esta cronología, véase julio de 1946; marzo junio y agosto de 1947.
——————————
9 Hasta el año 2000 había unas diez cronologías publicadas sobre la vida y la obra de Juan Rulfo; la mayoría con datos muy básicos e inexactos. Las más completas eran las de Jorge Ruffinelli, la de Felipe Garrido; la de México Indígena, y la incluida en Juan Rulfo, Toda la obra (1992 y 1996). Véase, en el apéndice de esta cronología, el apartado “XI. Cronologías”.
——————————
10 Esta biografía, hasta donde he podido constatar, aparece con la misma fecha de edición pero bajo tres variantes de sellos editoriales: 1) UNAM-RM, 2) FCE-RM, y 3) RM.
——————————
11 Sobre el alcoholismo en Rulfo se ha escrito mucho aunque también se le ha banalizado; es uno de los temas por los que se ha mitificado al escritor. Alberto Vital comentó después de la publicación de su biografía Noticias sobre Juan Rulfo: “Tuvo una época muy dolorosa de alcoholismo de 1955 a 1962 [...] El alcohol en Rulfo es degenerativo. Los alcohólicos en su obra son Abundio Martínez y la Caponera y en los dos el alcoholismo no es generador” (Cortés Koloffón, 2004: 69).
——————————
12 Rulfo comentó: “Mis contemporáneos no me entendieron. En México no aparecieron reseñas de mis libros”, pero las razones de su desencanto rebasan el ámbito literario. A Rulfo le afectó mucho la insistencia de la prensa —sobre todo la mexicana— que nunca dejó de interrogarlo por la ausencia de nuevos libros, después de Pedro Páramo (Ponce, 1988a: 56).
——————————
13 (González, 1979: 4). Es usual que se tomen al pie de la letra las declaraciones de Juan Rulfo. Ahí reside, en parte, los frecuentes errores que tuvieron hasta hace poco tiempo los textos sobre su vida. En las entrevistas impresas se leen versiones distintas sobre un mismo hecho. Son explicables las dudas e inexactitudes, pero muchos de los datos biográficos sobre Rulfo son descuidos editoriales. El error vivo se añade a la leyenda. Pero se advierten constantes. Cuando el escritor habla de sí mismo, casi siempre es escueto y si detalla es circunloquial. Muestra de ello son las entrevistas que le hizo Elena Poniatowska, una entrevistadora privilegiada, no sólo por haber sido de ella la primera entrevista con Rulfo conocida —al menos por quien escribe ahora—; sino porque hay constancia de conversaciones en distintos momentos entre mediados de los años cincuenta y principios de los años ochenta. Una síntesis de esos encuentros aparecen en “Juan Rulfo, ¡Ay vida, que mal me pagas!” (Poniatowska, 1985: 133-165). El escritor deja allí una impresión escéptica del mundo y pobre de sí mismo. La amistad que llegó a tener con la autora de La noche de Tlatelolco le permite hablar sin reparos, en algunos momentos, con total libertad. Fue crítico con los jóvenes escritores y tuvo pronunciamientos que causaron polémica; es cierto que su comportamiento ante el poder fue cambiante, cuando no sorpresiva.
——————————
14 En el apéndice de esta cronología se consignan setenta y ocho entrevistas; algunas son conversaciones que luego se transcribieron. La mayoría procede de la prensa mexicana, pero hay también textos de periodistas españoles y sudamericanos. Acaso por sentirse menos asediado, Rulfo se nota, en general, más afable y extrovertido con sus entrevistadores extranjeros. Es muy probable que fuera de México lo abrumara menos la pregunta sobre la publicación de su siguiente libro (por supuesto se hablaba, sobre todo, de “La Cordillera”). El investigador español José Carlos González Boixo alguna vez le preguntó a Rulfo cómo decidía a qué periodista le concedía entrevista y con quiénes se negaba. Él sencillamente dijo que aceptaba ser entrevistado por quienes le simpatizaban más. (García Bonilla, 2000, inédito).
——————————
15 (Rosales y Zamora, 1996: 2). En 1996 colaboré, por invitación de Juan Pablo Rulfo, con la Asociación Juan Rulfo en un proyecto cuyo producto final sería un CD-ROM sobre Juan Rulfo. Se me encomendó coordinar la recopilación de textos que conformarían un archivo documental y que también serviría como acervo de consulta en la naciente asociación. Establecí contacto con The Ohio State University, cuyo Departamento de Español y Portugués ya había realizado un hipertexto sobre Juan Rulfo, coordinado por la profesora Ileana Rodríguez.
Dentro del proyecto yo debía proporcionar la bibliohemerografía para ese producto interactivo, que se planeó en el Centro de Multimedia del Centro Nacional de las Artes del Conaculta, dirigido en ese momento por Andrea Di Castro. Después de algunos meses, se suspendieron los apoyos institucionales y el proyecto, que abarcaba la creación de un centro documental en torno a Juan Rulfo, se canceló. Después participé en algunas reuniones de la organización. Un día se me dijo que la Fundación suspendería la conformación del archivo documental hemerográfico sobre el escritor; concentrándose —sobre todo— en la preservación y catalogación del archivo fotográfico. A principios de 1997 me desligué por completo de la Asociación Juan Rulfo. Entre 1998 y 1999 pedí a la naciente Fundación el acceso a algunos documentos personales de Rulfo. Se me pospusieron varias citas concertadas para ese objetivo. Entendí que no sólo era una negativa tácita —tan proverbial en ciertos ámbitos y circunstancias— sino acepté la imposibilidad de acceder a documentos fundamentales para mi investigación.
——————————
16 Habrá que preguntarse ¿cuántos funcionarios de la cultura adulan las obras de arte y a sus autores sin conocerlas al menos superficialmente?; ¿cuántos reporteros han publicado semblanzas de creadores sin saber, en verdad, sobre quién escribieron?; ¿cuántos textos académicos se han escrito sobre algún artista, utilizando al autor o tema de estudio sólo como punto de partida para elaborar incomprensibles textos donde se abunda, sobre todo, en metodologías y críticos —con frecuencia prestigiados—, sin llegar a interpretaciones propias? La sola redacción de un texto informativo, de investigación o de ficción no significa, en verdad, la generación de conocimiento.
——————————
17 Menciono este detalle porque es una norma no escrita —con pocas excepciones— que académicos, escritores y periodistas omitan en sus investigaciones, volúmenes y textos a autores con quienes tienen diferencias teóricas e ideológicas o con los cuales han tenido pugnas o enemistad personales; y si las menciones en estos casos aparecen son, sobre todo, denostaciones. En muchos momentos, al parecer, se confunde la crítica con la censura; de ahí las críticas por escrito —que puede implicar, diferencias e incluso polémica— entre colegas del mismo gremio oscilen entre la indulgencia, el comodo elogio o, en el extremo opuesto, asperas críticas que alcanzan el agravio, antes que discusiones trascendentes. Pero lo más usual es la minimización —mejor conocida como ninguneo— ejercida con el silencio.
——————————
18 En el verano de 2001 entregué una primera versión de esta cronología al editor Sandro Cohen para su publicación. En ese breve texto, unas 60 cuartillas, la cronología ya anunciaba la necesidad conversacional, de cotejo y confrontación de las distintas fuentes utilizadas. Entretanto encontraba nuevos datos biográficos confrontables con los existentes. Acepté que estaba entregando un texto descriptivo que daba lugar a contextualizaciones con señales para ulteriores búsquedas y precisiones. Su elaboración me despejó algunas confusiones, presentes en los textos biográficos que había consultado, pero también aparecieron nuevas dudas y preguntas: la investigación, en ese momento, había rebasado sus objetivos iniciales, y exigió la reestructuración de sus registros y multiplicación de enfoques para poder convertirse en un texto abierto que abarcara una diversidad de glosas posibles sobre la vida de Rulfo y que al mismo tiempo diera cuenta de todas las vertientes de estudios críticos —en las distintas disciplinas, además de la literatura— que han abordado al personaje y la obra. El texto creció, sobre todo se enriqueció al concentrarse en el mismo eje pendular: vida del personaje; vaivenes del medio literario que lo rodeó y que él frecuentó, distintas ediciones y recepción de la obra, así como consignación de disciplinas artísticas y trabajos multidisciplinarios que incidieron en la vida y en la obra.
——————————
19 La última compilación sobre Juan Rulfo fue editada en 2006 y disponible desde los primeros días de febrero de 2007: Tríptico para Juan Rulfo (Poesía, fotografía y crítica), publicada por RM y diversas instituciones académicas, está conformada por una veintena de textos. La coordinaron Víctor Jiménez, Alberto Vital y Jorge Zepeda, quien anota en sus “reflexiones preliminares”: “Mi propósito al editar esta compilación ha sido […] proporcionar al frecuentador de la obra de Rulfo un volumen de textos originales, nunca antes publicados, y no un mero directorio de amistades y fidelidades clientelares poco o mal disimuladas, aunque frecuentemente negadas. Es una lástima que dichos libros se conviertan en escalones para que sus perpetradores disimulen su escasa estatura intelectual al aparecer como ‘especialistas’ en un área que ni siquiera les es familiar. Más alarmante es que los estudiantes de literatura recurran a estos mausoleos sin buscar antes las publicaciones originales, frecuentemente debidas a revistas académicas y literarias y suplementos culturales”, véase Jorge Zepeda (2006a: 229-230). (Véase apéndice).
En este lapso también apareció el Diccionario de la obra de Juan Rulfo de Sergio López Mena, cuyo objetivo es describir y explicar en 683 entradas referencias léxicas, geográficas e históricas que aparecen en El Llano en llamas, Pédro Páramo, El gallo de oro, “Un pedazo de noche” y “La vida no es muy seria en sus cosas”, además de los textos para cine “El despojo” y “La fórmula secreta”. El investigador ha excluido las palabras que están registradas en el diccionario de la lengua española (que corresponden a las ediciones de 1992 y 2001) exceptuando los casos en que las definiciones de la Academia no se ciñan “cabalmente” a su objeto, o al lugar o a las acciones descritas. Su autor anota: “La obra literaria de Rulfo resulta críptica en muchos de sus pasajes, fundamentalmente por el empleo de un vocabulario de corte regionalista […]; hay muchas frases propias de los habitantes de Jalisco […], son palabras que eran familiares a la gente del occidente de México a principios del siglo XX. En varios casos se trata de arcaísmos, de términos que corresponden al siglo XVII […]. Desde luego lo más evidente es el construccionismo popular del lenguaje, en el que se aúnan de manera extraña y compleja, la metaforización, la ambigüedad y la exactitud. La literatura de Rulfo está basada en la oralidad de los campesinos” (López Mena, 2007: 7-9, 25).
——————————
20 En este texto Carballo deja una sintética biografía intelectual de Rulfo a quien sitúa entre sus contemporáneos. Véase Carballo (1994: 409-428).
——————————
21 Mijail Bajtin denomina cronotopo a esta dualidad tiempo-espacio que es la conexión esencial asimilada artísticamente en la literatura. Delimita el cronotopo como una categoría “de la forma y el contenido en la literatura. […] El tiempo se condensa aquí, se comprime, se convierte en visible desde el punto de vista artístico; y el espacio, a su vez, se intensifica, penetra en el movimiento del tiempo, del argumento, de la historia. Los elementos de tiempo se revelan en el espacio, y el espacio es entendido y medido a través del tiempo. […] el tiempo, en la literatura, constituye el principio básico del cronotopo. El cronotopo, como categoría de la forma y el contenido, determina también (en una medida considerable) la imagen del hombre en la literatura; esta imagen es siempre esencialmente cronotópica” (Bajtin, 1991: 237-238).
——————————
22 “La escritura hace que las ‘palabras’ parezcan semejantes a las cosas porque concebimos las palabras como marcas visibles que señalan las palabras a los decodificadores: podemos ver y tocar tales ‘palabras’ inscritas en textos y libros” (Ong, 2002: 20).
——————————
23 La curiosidad, que alcanza extremos de morbidez, de penetrar a la intimidad de los otros, famosos o anónimos, se ejemplfica en programas televisivos y en los diarios de las páginas de los blogs en la internet.
——————————
24 Es frecuente leer libros y artículos en los cuales se citan textualmente a autores, sin consultar las fuentes directas sino que las menciones provienen de citas que, a su vez, hizo otro autor (en suma, es una cita de otra cita). Claro, en las bibliografías se anota no la ficha del texto consultado sino del autor citado originalmente. Esta práctica se advierte en que las fichas bibliohemerográficas aparecen incompletas o equivocadas.
——————————
25 Estas preguntas se relacionan con las constantes declaraciones del vocero de la Fundación que destacan por su agresividad y ausencia de respeto a los estudiosos; algunos de sus ataques —como ya he descrito— son individuales, aunque la mayoría son agresiones que irrumpen en los medios de comunicación sin nombrar a los estudiosos. En mayo de 2005 declaró: “padecemos una plaga de seudobiografías hechas por ignorantes, antologías y estudios de dudosa calidad” (“A Rulfo…”, 2005: 3). Lo más lamentable es que con sus pronunciamientos han influido en decisiones institucionales. La sola mención de Rulfo es un tema delicado en los ámbitos gubernamentales, universitarios y se da a conocer con efectismo por la prensa. Me he preguntado si la reacción ante el comportamiento de Víctor Jiménez es parte del misterioso halo que rodea a nuestro personaje, o cuál es el motivo del silencio entre la comunidad de estudiosos e incluso de autoridades universitarias y de difusión de la cultura. Mencionaré el último incidente que conozco: en agosto de 2006 La Casa de las Humanidades de la UNAM anunció la realización de un ciclo de conferencias sobre Juan Rulfo, en cuya programación no participó la Fundación. Los ponentes —Juan Antonio Ascencio (investigador independiente), Leonardo Martínez Carrizales (UAM) y Sergio López Mena (UNAM)— ya habían sido censurados por el vocero de la Fundación Juan Rulfo, pero al referirse a este ciclo señaló: “no hay que dedicar tiempo a gente que no tiene vocación intelectual. Nosotros tenemos una amplia red de contactos con el medio académico, con estudiosos serios de Juan Rulfo, pero desde luego que hay más interesados en su obra porque les resulta rentable, les da notoriedad hablar sobre él. Pero no podemos avalar lo que cualquier espontáneo habla. Sé perfectamente quiénes son esos tres fulanos y [añadió a la reportera Álida Piñón] ponga que yo dije que los tres me parecen unos pobres diablos, el problema no es que tengan una opinión diferente sino que son tontos y deshonestos” (Piñón, 2006: C1). Días después de la publicación de estas declaraciones, se canceló el ciclo de conferencias y, así, los organizadores del ciclo dieron la razón al vocero de la Fundación y no a los estudiosos, dos de ellos docentes de la UNAM y de la UAM. Cuál es, entonces, la función que tienen los gremios de profesores, investigadores y pensadores universitarios ante la opinión pública y ante las decisiones de sus autoridades. Las labores de los estudiosos universitarios se concentran en la depuración de su intelecto y en la producción de conocimiento, contribuyendo así a preservar, sistematizar y enriquecer tradiciones, en este caso, de las humanidades, pero no es menos cierto que tendrían que asumir una postura frente a declaraciones que ponen en duda su trabajo y sus aportaciones. De ese modo se insulta no sólo a dos académicos sino, en general, a los estudiosos de la obra de un escritor. Y si agresiones como ésta la padecen estudiosos integrados a centros y universidades como la UNAM o la UAM, para los investigadores independientes la situación es más compleja al no tener el respaldo de una institución para difundir su trabajo en los circuitos universitarios nacionales y extranjeros.
——————————
26 “La historia no siempre puede creerle a la memoria, y la memoria desconfía de una reconstrucción que no ponga en su centro los derechos del recuerdo (derechos de vida, de justicia, de subjetividad)” (Sarlo, 2005: 9).
Categoria: BIENVENIDOS
- Añadir este post a
- Del.icio.us -
- Meneame -
- Digg
No Hay comentarios.