3.2:: Juan Rulfo y La Ciudad de México
Escrito por Roberto Garcia Bonilla el Lunes, 11 de Mayo del 2009 a las 11:24 PM
JUAN RULFO Y LA CIUDAD DE MEXICO
Roberto García Bonilla
Ciudad que lloras, mía,/ maternal, dolorosa,/ bella como camelia/ y triste como lágrima,/ mírame con tus ojos/ de tezontle y granito,/ caminar por tus calles/ como sombra o neblina.
Soy el llanto invisible/ de millares de hombres./ Soy la ronca miseria,/ la gris melancolía,/ el fastidio hecho carne./ Yo soy mi corazón/ desamparado y negro.
Ciudad, invernadero,/ gruta despedazada.
Efraín Huerta, “Declaración de amor”
I
Una de las preocupaciones de Juan Rulfo (1917-1986) a lo largo de su vida fue el frágil y áspero vínculo entre el campo y la ciudad. En sus dos libros la ciudad no está presente como protagonista ni como escenario. Se encuentra sólo en dos textos marginales: “La vida no es muy seria en sus cosas” y “Un pedazo de noche”;1 este último relato es un fragmento de una novela, El Hijo del Desaliento, que nunca fue publicada y que Rulfo escribió después de su llegada a la ciudad de México.
Pero, ¿cómo seguir escribiendo sobre el alma y la vida rural de los mestizos del Bajío –que no de los indígenas-,2 una de sus grandes inquietudes personales? No es aventurado deducir que uno de los más grandes retos de Rulfo, después de la escritura de Pedro Páramo (1955), fue conciliar el vínculo campo-ciudad en su mundo creativo.3 En algunos borradores conocidos del escritor se puede observar el propósito de esta conjunción, aunque en ese encuentro de mundos hay un trasfondo más: el sincretismo que dejó la mezcla del mundo indígena prehispánico con el español, muy significativo en los siglos XVII y XVIII. Pero simultáneo al mestizaje la conquista espiritual procuró una cultura sincrética, de la que ya dan cuenta, desde visiones muy distintas, los cronistas entre los siglos XVI y XVIII cuya escritura tanto apreció Rulfo por ser “un lenguaje muy fresco”. Él leía a los cronistas porque “además de que enseñan historia es un gran placer leer a otros hombres: ellos escribieron de una forma muy espontánea, sin saber que los iban a leer nunca. Simplemente hacían la crónica de su orden”.4
La convergencia del mundo sincrético mestizo con el mundo rural presente en la ciudad de México (expresado en una enorme variedad de registros lingüísticos), al parecer fue uno de los objetivos escriturales de Rulfo después de 1955. Indígenas y mestizos, aquí casi se funden y los caracteriza una ausencia de identidad individual. Pero como se sabe, esa manera de hablar de sus personajes no fue una reproducción sino creación a través de un estilo literario; tenía que inventar un lenguaje tan refinado estilísticamente -como sucedió en Pedro Páramo- de la cual hay palabras llamadas “arcaicas” que su autor traspuso e inventó, aunque señaló que sólo trató “ de recuperarlo, pero esto no es original, es nada más que lo hacen ellos. Sucede que es difícil entrar en esos mundos suyos de la palabra, porque son pueblos herméticos. Uno habla con la gente y la gente no le responde”.5
Se propuso fundir los distintos rasgos lingüísticos de los emigrantes rurales, que llegan a vivir la ciudad de México, cargando contradicciones, lastres y expectativas.6 Habrá que añadir –en ese posible mundo rulfiano, después de Pedro Páramo- a descendientes de españoles; hacendados venidos a menos de una generación a otra. Así se vislumbra La Cordillera, novela mítica nunca se publicó –y de la cual ya no existe ningún rastro- pero de la cual se habló mucho. El mismo escritor describió:
Era la historia de una mujer, la última descendiente de las familias éstas, pero ya tomadas desde la base. En el siglo XVI. Se desarrolla en un círculo de montañas. La zona está definida como cordillera, es una cordillera de cuerda [...] desde el centro de la cordillera, es de donde parte la historia, hacia todo esos pueblos [...]. Lo que sucede ahí es muy difícil de explicar porque la historia se trae desde el año 1541, cuando la rebelión de los últimos indígenas que quedaban allí, hecha por los brujos, por los hechiceros [...]. En ese lugar mataron a Pedro de Alvarado, el brazo derecho de Cortés [...]. Parto de ese hecho y sigo su imbricación con los demás, y llego a las cosas que actualmente existen.7
La Cordillera llegó a anunciarse en el Fondo de Cultura e incluso apareció en 1964 una reseña en la Gaceta de la misma editorial:
Ayuquila, el pueblo, al sur del Estado de Jalisco, fue ‘centro de cordillera’ [...] Ayuquila es inseparable de los avatares de una familia, fundada, en el siglo XVI, por Dionisio Arias Pinzón, vizcaíno
y encomendero, que debió legar esa parla de textura castellana antigua, casi cervantina, que perdura en la región. [...] Domina en La cordillera lo humano sobre lo paisajístico, la geografía es un protagonista, con relieve de dos figuras y un trasfondo de personajes esparcidos, “diseminados”, que no se explican [...] En espejos retrospectivos, hablada en primera persona, remontamos la historia de Ayuquila, las huellas de los Arias, Sombría eruptiva, cenicienta, con lava de siglos y suertes, empieza La cordillera.8
Habrá que añadir fragmentos de los bocetos que sobre la familia (Arias) Pinzón se rescataron en Los cuadernos de Juan Rulfo. El ambiente va de una provincia colonial de México a ciertas calles de la capital de país, ya sobrepoblado, del siglo XX.
Don Transito Pinzón, quien había tenido cinco hijos, o sea, Ángel, Engracia, Paz, Inés y Socorro, nunca asesinó a nadie [...] se quedó viudo al confundir, el cegatón de don Procopio Argote, con un asalte a Doña Ángela, la esposa del Pinzón [...]. Procopio Argote fue la primera víctima de Ángel Pinzón [...]. La gente al verlo, corría asustada o lo espiaba por los visillos de las ventanas; pero nadie se atrevía a saludarlo [...] murió [asesinado], junto a sus hermanas las Pinzonas, a quienes su padre les había heredado el rancho “Las Vírgenes” para que, cuando él faltara, tuvieran con que vivir y no necesitarán pedirle nada a nadie [...].
Jacinto Pinzón era un hombre que había tenido su época [...] –Mi primer divorcio me costó una fortuna, casi toda la herencia que me dejó mi padre. Luego vino eso de la reconciliación. En el fondo, yo tenía ganas de volver a mi casa, junto a mis libros y mi colección de barcos; sentarme otra vez en mi sillón, mientras oía mis discos [...] y echaba una mirada al retrato que Siqueiros le había hecho a mi mujer: un cuadro de líneas duras, casi negras, o el de Guerrero Galván [...].
La tarde del último día que pasó [Torcuato Pinzón] en la ciudad de México se dedicó a caminar hacia ninguna parte por los rumbos más extraños, tratando de ganar cualquier orilla que lo llevara lejos de todo bullicio [...] pero aquella ciudad parecía no tener límites; se doblaba sobre sí misma como una ola en su reventazón y lo devolvía a las zonas familiares ya sabidas y vistas desde hacía muchos años. Fue entonces cuando se encaminó a Popotla, al Colegio Militar, y allí pidió su retiro del ejército.9
Si Rulfo se hubiese decidido publicar textos de ficción, después de 1955 sus mundos se habrían conformado de vestigios de un pasado histórico entre geografías inventadas -plenas en su ficción- pero con todas las palpitaciones de la ciudad de México, que le procuró tantas ilusiones en la juventud y que luego deploraría, cuando la fama lo sorprendió y acabó por superarlo. Esta relación de amor-odio que tuvo el escritor con la ciudad también puede explicarse con ese pérdida de los orígenes, del terruño, de la vida provinciana que el escritor tanto buscaba. El rechazo que la ciudad le producía también se puede explicar a que en sus territorios fue donde el costo de la fama lo apremiaba más (los medios de comunicación, las presentaciones públicas, la convivencia con el medio literario…), aunque es innegable que en muchos momentos la disfrutó.10
Sin duda el campo y la naturaleza, en general, la vida rural fueron presencias vitales en el escritor.11
Ya se ha visto, con todo, que la ciudad como escenario en sus textos no fue menos importante. Juan José Arreola señaló que su amigo de Sayula le confió: “Ya estoy cansado de escribir estos cuentos de la tierra, de personajes rancheros [...] Yo voy a hacer una novela ciudadana”. Arreola afirmó que Rufo inició una novela que se iba a escenificar en Santa María La Rivera, “hasta me leyó algunas cosas del principio de la novela”.12
Es un secreto, que se llevó con su muerte, saber si le faltaron vida y tranquilidad al escritor o si la autoexigencia, el desencanto o la depresión le impidieron culminar satisfactoriamente y publicar esa -tan comentada- novela o Días sin Floresta que inició cuando la escritura de La Cordillera “se alargaba demasiado, se me iba de las manos, entonces pensé volver al cuento, a la pequeña historia, para narrar hechos… digamos, más pequeños. Ya no con la actitud que requería un trabajo más extenso”.13
En las obras no publicadas de Juan Rufo hay que añadir, El gallo de oro, conocido guión de cine (Edit. Era, 1980), escrito entre 1962 y 1964 para el productor Manuel Barbachano; el argumento fue alterado (la adaptación para la película de Roberto Gavaldón fue realizado por Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez) y su origen es una novela corta;14 la cual ya mencionó el propio escritor en 1959 a José Emilio Pacheco.15 Y Luis Leal preguntó a Rulfo en 1962 ¿por qué no publicó esa novela cuándo la escribió: en los primeros años de los sesenta o tal vez antes?: “Esa novela (‘El gallero’, no ‘El gallo de oro’) la terminé, pero no la publiqué porque me pidieron un script cinematográfico y como la obra tenía muchos elementos folklóricos, creí que se prestaría para hacerla película. Yo mismo hice el script. Sin embargo cuando lo presenté me dijeron que tenía mucho material que no podía usarse… El material artístico de la obra lo destruí. Ahora me es casi imposible rehacerla’”.16
II
Rulfo vivió la niñez en San Gabriel, más tarde fue a Guadalajara y finalmente llegó a la ciudad de México, donde permaneció la mayor parte de su vida. Se ha repetido, porque el mismo escritor lo señaló, que San Gabriel fue su lugar de nacimiento, pero según el acta de bautismo, el niño Carlos Juan Nepomuceno Pérez Rulfo Vizcaíno nació a las cinco de la mañana del 16 de mayo de 1917 en Sayula; ciertamente, vivió los primeros años de su vida en San Gabriel: “En realidad yo me considero de ese lugar. Allí pasé los años de mi infancia. San Gabriel era también un centro comercial. San Gabriel antiguamente era un pueblo próspero; por allí pasaba el camino real de Colima. San Gabriel y Zapotlán fueron los pueblos más importantes de la región desde el siglo XVII hasta la Revolución”.17
Al cumplir los seis años, el niño Juan Nepomuceno, es llevado al curato, enfrente de su casa, para ayudar al padre Irineo Monroy en los servicios parroquiales. Semanas después, el primer día de junio de 1923, se encuentra el cadáver de su padre, Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, que fue asesinado “por una nimiedad” a manos de un peón en uno de los confines del Llano Grande (Tuxcacuesco y Tonaya).18 Dos año más tarde el niño es inscrito en la escuela anexa al santuario de las monjas josefinas francesas. El sobresalto y la pesadumbre provocados por la violencia y la muerte ensombrecieron la infancia Juan Nepomuceno, que supo como -al entrar en vigor la Ley Calles que prohibía los cultos religiosos- cerraron las iglesias a mediados de 1926. El cura (que se hacía pasar por censor eclesiástico y recogía los libros que había en las casas para saber si estaban prohibidos) tuvo que desplazar su biblioteca del curato a la casa de la familia Vizcaíno. Al no poder salir de su casa por la guerra cristera Juan Nepomuceno ocupaba su tiempo en leer esa enorme biblioteca.
Entre agosto y septiembre de 1927 La señora Tiburcia Árias, interna a sus nietos Severiano y Juan Nepomuceno; éste ingresa a tercero de primaria y su hermano mayor a quinto. “Lo único que aprendí allí fue a deprimirme. Era una tremenda disciplina. Era un sistema carcelario. En esas épocas contraje un estado de depresión del que todavía no me he podido curar. Ahora se llama Instituto Luis Silva, entonces era el orfanatorio a secas”. Dos meses después, el 27 de noviembre, María Vizcaíno, la madre del futuro escritor muere a los 30 años de edad en San Gabriel. Los niños Pérez Rulfo fueron enterados del deceso cuando su madre ya había sido sepultada.19 A mediados de 1932 abandona el orfanatorio donde estudió del tercer año al sexto –especial- que incluía estudios de taquigrafía y contador privado. Ante la imposibilidad de entrar a la preparatoria por una larga huelga, ingresa, en noviembre de ese año, al Seminario Conciliar de San José en Guadalajara. El escritor señaló después que no quería ser cura; él quería recorrer el mundo. En el verano de 1934, concluye su vida de seminarista.20 Es en ese periodo que Rulfo inicia su afición por la fotografía y la práctica del alpinismo.
El corononel David Pérez Rulfo -excombatiente anticristero- tuvo una gran influencia sobre el joven Juan Nepomuceno; a este tío se le atribuye el cambio de su apellido, eliminando dos patronímicos para destacar el menos común.21 También estimula a su sobrino -que acaba de llegar al Distrito Federal- para que ingrese al colegio militar. Rulfo soporta el internado menos de tres semanas admite que no tiene vocación para la milicia y deserta.22
Al inicio de 1936 Rulfo intenta ingresar a San Ildefonso a estudiar leyes; no lo consigue, tampoco puede ser alumno de Mascarones (en Filosofía y Letras); no le revalidad los cursos del seminario y en ambas facultades asiste como oyente.
El escritor vivía “…en el Molino del Rey; escenario que fue de una batalla durante la invasión norteamericana de 1847 y hoy es cuartel de guardias presidenciales de los Pinos. Mi jardín -agrega- era todo el bosque de Chapultepec. En él podía caminar a solas y leer”.23 Poco tiempo después deja la casa de Molino del Rey núm. 165 porque se convirtió en fábrica de armas. El tío David -ya coronel de las guardias presidenciales del general Lázaro Cárdenas- obtiene una recomendación del subsecretario de Guerra y Marina –el general Manuel Ávila Camacho- para el ingreso de Rulfo en la Secretaria de Gobernación, donde entra como oficial de 5a. Su oficina estaba en el Distrito Federal, en un archivo de Migración, en la Secretaría de Gobernación; “Es el mejor modo de que a uno lo dejan tranquilo. En un archivo. Cambiaban los ministros y cambiaban los empleados. Pero de nosotros los archiveros se olvidaban [...] Recuerdo con cariño esa etapa burocrática mexicana, eso tiene de bueno, fomenta la amistad”.24 Rulfo todavía no tenía amigos en la ciudad de México y no iba al cine porque no tenía dinero. En la Secretaría de Gobernación encontró a Efrén Hernández (1904-1958) que se convirtió en su guía, amigo, salvador de no pocos textos que Rulfo habría destruído.
Entre oficinistas confinados y documentación de extranjeros en la mira, Juan Pérez Vizcaíno empezó a escribir El Hijo del Desaliento, una novela ” muy larga, muy retórica, muy llena de adjetivos”.
Estaba escrita en tercera persona, después fueron hechos biográficos sucedidos y tomados de la realidad y aplicados a otro individuo. Bueno, y ahora quiero volver a utilizar esa tercera persona en cuentos que tienen algo que ver con el ambiente de la ciudad. Pero la novela no me gustó.25
El escritor se propuso acabar con las adjetivaciones hasta alcanzar la sobriedad y laconismo, ya reconocibles en El Llano en llamas(1953), y consumados en Pedro Páramo, pero su propósito de volver a la ciudad como escenario de sus textos se mantuvo. Los comentarios de Rulfo en torno a la capital del país dejan ver las emociones encontradas que le procuró. En 1976 señaló: “tengo más de 35 años aquí. Soy chilango”; declinó la posibilidad de abordar el tema urbano en su literatura (“Pues eso sí creo que no”), pero fue dubitativo al responder sobre si volvería al campo a nutrirse de imágenes: “No necesariamente… Soy un campesino bajado del cerro a tamborazos”.26
La ciudad -así como el trabajo en el Instituto Nacional Indigenista (INI)- no eran ambientes propicios para que el escritor se dedicara a escribir (mientras aumentaba su fama –como diría Jorge Rufinelli- por los libros que no escribía). Pero sobre este tema, las declaraciones e interpretaciones se acumularon hasta crear una leyenda, que el mismo Rulfo no sabía como enfrentar o acallar. En ocasiones respondió con llaneza. A finales de los cincuenta, principios de los sesenta -después de la publicación de Pedro Páramo- “vinieron muchas fiestas, muchos cocteles, muchos amigos, muchas desveladas. Ese ritmo se me fue convirtiendo en un problema y más tarde, después de una cura antialcohólica, dejé de escribir, se me fueron las ganas”.27 En 1964 Rulfo se internó en el sanatorio, Floresta, donde “recibió el durísimo tratamiento (electroconvulsivo) y dejó definitivamente el alcohol. Pero no dejó de escribir Días sin Floresta.28
Para Rulfo, que trabajó -desde octubre de 1964 hasta su muerte- en el Instituto Nacional Indigenista,29 los problemas del campo y los de la ciudad no están separados, ya que los emigrantes del campo a las ciudades sólo trasladan sus problemas de lugar.
México no es una ciudad que tenga características propias, es una ciudad mistificada totalmente, son muchas ciudades… entonces, cuando se dice la ciudad, bueno… ¿cuál ciudad? [...]. Así que yo uso la tercera persona, porque por otra parte yo me siento totalmente ajeno a estas gentes que viven en la ciudad de México. [...] Todo eso venía al caso de que me interesa la ciudad de México en el aspecto más bien de inmigración. No el aspecto económico, sino, tal vez, el impacto psíquico. El shock que reciben al querer adaptarse a un medio hostil, que a veces los rechaza y a veces los absorbe.30
III
El personaje central de El hijo del Desaliento, señaló el propio Rulfo, es la soledad en la ciudad que es “triste y violenta”, distinta del campo que provoca desidia.31 Efrén Hernández estimuló a Rulfo a seguir con la escritura de la novela.
Yo, en el fondo, sabía que estaba haciendo cosas superficiales. Por necesidad. Pero sabía que no era una cosa así importante. Porque sentía que estaba simplemente escribiendo por escribir, queriendo buscar la forma de expresarme. El tema lo tenía pero lo estaba desarrollando muy mal [...] los personajes, todos eran abstractos. Un señor que se pone a platicar con la soledad, se pone a platicar con su alma [...], con su angustia, con la desilusión, con todas esas cosas. Discute con la desesperación. Caí en una retórica feroz. Cuando terminé El Hijo del Desaliento, Efrén llevó varios capítulos para que los publicaran en la revista Romance que dirigía Juan Rejano. Se olvidaron de la novela. Años después, alguien de otra editorial me dijo, “oye, allí tenemos una novela tuya”. Luché mucho para que me la devolvieran. Tuve que darles a cambio un cuento. Fui por la novela y allí mismo le quite algunas páginas que andan por ahí con el título “Un pedazo de noche”. Recuperé la novela y la rompí en mil pedazos por mala, retórica, alambicada. Era rimbombante. No decía nada, no tenía alma, era cerebral.32
El fragmento que rescató de esa novela, “Un pedazo de noche”, narra el encuentro de dos seres desarraigados y marginados, un sepulturero y una prostituta, que viven en la desolación en una ciudad que está transformándose, que busca su modernización. El callejón de Valerio Trujano nos sitúa no en la ciudad de las grandes avenidas encumbradas con fachadas de mármol, sino en rumbos proletarios; barrios que, sin embargo, dan cuenta de una historia arquitectónica: centros ceremoniales con un pasado prehispánico, iglesias, conventos y edificios coloniales que el tiempo ha opacado, derruido y que el influjo de la modernización, también, ha alterado cuando no sepultado.
La mirada del escritor penetra en zonas y seres oscurecidos -”dejados de la mano de Dios”-; trasciende fronteras regionales, modos de vida y oficios de los personajes. Para Rulfo la condición humana posee una singularidad -individual y colectiva- ineludible e inexorable. Hay un destino apenas transformable por las decisiones del libre albedrío. Esta condena que sombrea de principio a fin Pedro Páramo, contiene –subyacente- una pregunta formulada por el escritor: “…saber qué es lo que hace tan miserable nuestra vida [...]; ¿dónde está la fuerza que causa nuestra miseria?”.33
El aislamiento dibuja una sorda comunicación en la convivencia estéril que mantienen los protagonistas de “Un pedazo de noche”. La anécdota y su desarrollo son elementales. Claudio Marcos va a buscar a Olga -o Pilar, “da lo mismo un nombre que otro”-34 al callejón Valerio Trujano. Ella narra cómo conoció a ese hombre que después fue su marido; cómo llegó con un niño en los brazos que les impidió entrar a un cuarto; de todos los lugares los corrían. Un niño que además no era de Claudio sino de unos compadres que “celebraban” el vacío de su existencia en una cantina.
Fiesta y abandono; placer y resignación, deseo y abstinencia se truecan en la ciudad de México, cuya geografía testifica un vigoroso pasado en la grandeza de su arquitectura, opacada por la pátina de los años, entre gobernantes impuestos y símbolos de una país en metamorfosis. La ciudad de México, urbe naciente, expresión fiel de la soledad del hombre. Este aserto no es ahora sorpresa ni siquiera para niños y jóvenes quienes hayan navegado por bocacalles oscurecidas a plazuelas con fuentes de agua estancada, cruzando avenidas entre la velocidad de los coches y la pericia de sus criminales. Hace medio siglo la ciudad era más habitable; los escenarios festivos y los sitios prohibidos por la moral pública producían fascinación y avidez, aun en sus zonas proletarias. Pero no es éste el rostro de la ciudad que marcó al joven escritor; es el anonimato de hombres y mujeres relegados a vidas sin rumbo en una ciudad que hicieron suya a golpes de explotación. El costo ha sido el desvanecimiento de la fe que, al igual que el caos, no tiene plural; en sus singularidades, éste es perenne y aquella es fugaz.
En este escenario, un sepulturero que vive para cubrir el único rastro tangible de la muerte -un cuerpo inánime- busca a una mujer que respira con culpa su oficio (”…calculando que no me quede ni un pedazo de vergüenza, hay algo dentro de mí que busca desbaratar los malos recuerdos”) y que rechaza el cuerpo de su marido, porque “acabaría por perderse entre los agujeros de una mujer desbaratada por el desgaste de los hombres”.
“Un pedazó de noche” es la resignación de la soledad compartida. Esta complicidad, en silencio, concentra más aún el abandono de los personajes que se acompañan como condenados que han sido devorados por una ciudad que en verdad nunca les pertenecerá aunque ya formen parte de ella; del mismo modo que sus cuerpos se poseerán sin que ellos posean, siquiera, la gratificación que el deseo procura. Con seguridad Claudio Marcos y Olga son parte de los millones de emigrantes que han llegado del campo a la ciudad y que viven en su periferia; hombres y mujeres que, como señala el mismo Rulfo, hace medio siglo vivían en barrios que están fuera del Distrito Federal pero “que no están separados sino unidos por casas y más casas a la ciudad”. Y algunos de ellos vivían en las orillas de la ciudad porque no querían perder por completo ese contacto con la tierra que les permite resistir la miseria de la ciudad.35
Si la temática más visible de “Un pedazo de noche” se encuentra en la inmigración, la marginación y la incomunicación, los motivos son más elementales: el amor, la vida y la muerte. El sepulturero aspira a sacudirse las sombras de tantos muertos que ha enterrado y desea refugiarse en una mujer que parece distinta a todas sus compañeras de trabajo; él huye de los vivos, “que son una vergüenza [y] no encuentran como mortificarle la vida a los demás”. Prefiere a los muertos porque “…no hay que aborrecerlos. Son la gran cosa. Son buenos. Los seres más buenos de la tierra”. Como en casi toda la literatura rulfiana, se respira una idealización envuelta en las lindes del sueño y la vigilia, recuperados por la memoria. El sepulturero vive la rutina de la espera y el ensueño de ver cada noche -al borde del lecho y de la vida- como su mujer se pierde en un descanso sin sueños y sin treguas. Y podrá repetir, como aquella noche en que se encontraron en la calle: “Me haré a la idea de que te soñé… Porque la verdad es que te conozco de vista desde hace mucho tiempo, pero me gustas más cuando te sueño… Entonces hago de ti lo que quiero. No como ahora, como tú ves, no hemos podido hacer nada”.
Tal vez él desea que ella despierte de una vez por todas, aunque ambos tienen que aceptar que el cuerpo Olga se sigue perdiendo en el de otros hombres. Y la vida sigue transcurriendo como largo dormitar con súbitas pesadillas, aterradoras como la presencia del “quiebranueces”, que nunca perdonaba; el sueño, descanso entre la vida y la muerte, revelador de imágenes que encuentran sus monólogos y diálogos en la voz del dolor, el pesar de la incomprensión de todo y de todos. Aquí, vida, amor y muerte se abrazan entre los susurros de los protagonistas que parecen encontrarse mutuamente “…nunca acabaremos por encontrarnos: o tal vez sí; quizá cuando te asegure bajo tierra el día que me toque enterrarte”.36
1″La vida no es muy seria en sus cosas” se publicó por primera vez en la revista América -No 40- el 30 de junio de 1945, y el fragmento “Un pedazo de noche”, en La revista Mexicana de Literatura, Nueva Época, No 3, México, septiembre de 1959, con la fecha al pie: enero, 1940.
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2″Yo no tengo ningún personaje indígena, ni he escrito sobre los indios jamás [...] su mentalidad es muy difícil de penetrar [...] Es muy difícil escribir con personajes indígenas puesto que uno no sabe qué piensan, cómo piensan ni por qué actúan de determinada manera. “Juan Rulfo examina su narrativa” trascripción de María Helena Ascanio, “La Semana de Bellas Artes”, 28 de junio de 1978, p. 2 a 7.
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3En el fragmento “Por principio de cuentas” se observa este vínculo y traslado entre la provincia y la capital del país. Y en el fragmento “Hace cinco años recuerdo”, el narrador asocia la desesperación implícita de la frase de un partido política expuesta en la entrada de Guadalajara con los motivos que lanzaron a la gente a las calles durante el movimiento estudiantil en la ciudad de México, en 1968. Véase Los cuadernos de Juan Rulfo, Ediciones ERA, México, 1994, pp. 115-118 y 121-122.
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4 Rulfo señaló que uno de las más grandes hazañas de la historia de México fue el la conquista espiritual. Véase, Juan Cruz, “Juan Rulfo desde Las Palmas” (entrevista con Juan Rulfo), en Thesis, num 5, año II, abril de 1980, pp. 46-50.
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5Juan E. González, “Con Rulfo, desde Madrid” (entrevista con Juan Rulfo), en Revista de Occidente, núm. 9, Madrid, octubre-diciembre de 1981, pp. 105 -114.
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6 “El hombre de la ciudad –señala Rulfo- ve sus problemas como problemas del campo. Pero ese es el problema de todo el país. Es el problema mismo de la ciudad. Porque el hombre de allá viene aquí, emigra a la ciudad, y aquí se produce un cambio. Pero él no deja, hasta cierto punto, de ser lo que fue. El trae el problema. Reina Roffé, Juan Rulfo, autobiografía armada, Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 1973, p. 73.
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7 Ibid, pp. 79-82.
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8 “Ayuquila, Dionisio Árias, Una casta condenada: ‘La Cordillera’”, en La Gaceta del FCE, 1º trimestre, 1964.
Sobre “La Cordillera” Juan Rulfo hizo distintas declaraciones, algunas contradictorias entre sí. Por ejemplo señaló –hacia 1979- que “Con el impulso que traía de Pedro Páramo, casi inmediatamente me puse a escribir esa novela. Llevaba hechas 200 o 250 páginas, pero me resultaba bastante retórica, me disgustaba; llegó un momento en que me encallejoné. Estaba escribiendo una cosa antigua, ya envejecida, y decidí no continuar el trabajo. Los personajes eran demasiado acartonados”. Véase, Ernesto González Bermejo, “la literatura es una mentira que dice la verdad”, Revista de la Universidad, núm. 1, vol, XXXIV, UNAM, septiembre, 1979, pp. 4-8.
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9 Los cuadernos de Juan Rulfo, Ediciones ERA. Presentación de Clara Aparicio de Rulfo; trascripción y nota de Yvette Jiménez de Báez. México, 1994, pp. 138-145.
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10 Su esposa, Clara Aparicio, recuerda: “le daba mucha alegría cuando escribían de él. Siempre leía el periódico y le gustaba lo que decían. Y pues yo creo que le alegraba todo lo que le salía bien”. Véase, Arturo García Hernández, “Juan Rufo me hablaba con la mirada, rememora Claudia”, La Jornada, 5 de diciembre de 1994, p. 28.
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11 ”Yo tendría como cuatro o cinco años –evoca Claudia, hija del escritor, siempre íbamos al campo. Iba él delante de nosotros y nosotros íbamos siempre atrás. Él iba buscando un lugar bonito para pasar el día. Después empezaba a tomar fotografías, de nosotros, de los árboles, del paisaje”.Ibid.
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12 Véase, A. Ponce, A. Alatorre, y J. J. Arreola, “¿Te acuerdas de Rufo, Juan José Arreola?” en Homenaje a Juan Rufo, (recop. Rev. De textos y notas de Dante Medina), Universidad de Guadalajara, 1989. pp. 206-207.
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13 Reina Roffé, Op. cit. pp. 70-71.
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14 Véase, Luis Leal, “El gallo de oro y otros textos de Juan Rulfo”, p.107, en INTI, Revista de Literatura Hispánica, Los Mundos de Juan Rulfo, núm. 13-14, Rhode Island, EU, 1981, 153 p.
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15 Se trata de la entrevista “Imagen de Juan Rulfo”, “México en la Cultura” de Novedades, 20 de julio de 1959.
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16 “El gallo de oro de Juan Rulfo: ¿guión o novela?”, pp. 32-36, en revista Foro Literario, Montevideo, año IV, Vol. IV, núm. 7- 8, 1980.
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17 Reina Roffé, Op. cit. pp.16- 17.
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18 Felipe Cobián, “Fue entonces cuando Rulfo vio a su padre asesinado”, en Los murmullos. Antología periodística en torno a la muerte de Juan Rulfo; selecc. Alejandro Sandoval et. al. México: Delegación Cuauhtémoc, 1986. 268 pp. 1986, pp. 49-50.
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19 Juan Antonio Ascencio, pp. 73-78, en “Juan Rulfo. El hombre y su obra” [Biografía inédita, versión mecanografiada], México, 1995, 287 p.; Sergio López Mena, Los caminos de la creación en Juan Rulfo, México, UNAM, (Biblioteca de Letras), 1993, p. 15.
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20 Del paso de Rulfo por el seminario se supo semanas después de su muerte, cuando Ricardo Serrano, compañero de la infancia, lo reveló. Véase “El seminarista Juan Rulfo. Verdadera Raíz de su personalidad” publicado en Excelsior, 29 de enero de 1986, pp. 2-4.
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21″Antecedentes y datos biográficos de Juan Rulfo” de Federico Munguía Cárdenas, en Homenaje a Juan Rulfo , Recopil., rev. de textos y notas de Dante Medina, Edit. Universidad de Guadalajara, 1989, p. 323-341.
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22 Juan Antonio Ascencio, Op. cit. pp. 101-106
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23Juan Rulfo, “Pedro Páramo, treinta años después”, Véase, Los murmullos, Antología Periodística en torno a la muerte de Juan Rulfo”, Alejandro Sandoval, Delegación Cuauthémoc, DDF, 1986, p. 69-71.
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24 Véase, Antonio Alatorre, “Cuitas del joven Rulfo burócrata”, Umbral, (Guadalajara) Secretaria de Educación y Cultura de Jalisco (primavera de 1992) núm. 2, p. 60; Los narradores ante el publico. Edit. Joaquín Mortiz (Confrontaciones), 1966, pp. 25-26.
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25Reina Roffé, op. cit., p. 52.
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26 Véase, Marco Aurelio Carballo, “’No soy un mito, sino un ser común’, decía Rulfo a Siempre¡”. Núm. 1701, 29 de enero de 1986, pp. 30-31.
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27 Véase, Federico Campbell, “Un silencio que se hizo leyenda”, pp. 147-148, en Rulfo en llamas. México: Proceso/ Universidad de Guadalajara, 1988, 230 p.
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28Véase, Juan Antonio Ascencio, op. cit., p. 206.
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29 Rulfo se jubiló en 1982 aunque siguió asistiendo al INI de cuya biblioteca fue director.
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30Reina Roffé, Op. cit., p. 73, 74 y 77.
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31 “’Mi generación no me comprendió’”, en Rulfo en llamas, Universidad de Guadalajara y Proceso, México, 1988, p. 59 y 63.
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32Véase Juan Antonio Ascencio, op. cit, p. 111, 112 y 113.
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33 Véase, Federico Campbell, “La entrevista perdida” en Milenio, 10 de septiembre de 2001, p.58.
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34Véase, “Un pedazo de noche” (fragmento), p. 259-266, en Juan Rulfo, Obras, FCE, (Col. Letras Mexicanas,1987, 340 pp. Todas las citas sobre el presente texto aparecerán entrecomilladas, sin paginación.
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35Reina Roffé, Op. cit. p. 74 y 77.
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36 “Pedazo de noche” fue llevado al cine (Un pedazo de noche, 1995, guión y dirección de Roberto Rochín) en un cortometraje que recupera con expresividad la atmósfera del texto y su argumento se ciñe fielmente al texto original.
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