5.1::Prólogo de Carlos Blanco Aguinaga

Escrito por Roberto Garcia Bonilla el Martes, 12 de Mayo del 2009 a las 12:10 AM

Prólogo a:
Un tiempo suspendido, cronología de la vida y la obra de Juan Rulfo

Carlos Blanco Aguinaga1

Este libro de Roberto García Bonilla es como un regalo para todos los que hemos sido y seguimos siendo entusiastas admiradores de la obra de Juan Rulfo. Empieza con breves notas biográficas sobre los bisabuelos, bisabuelas, abuelos y abuelas del escritor y, ya a partir del nacimiento del jalisciense, año con año, a menudo mes con mes y, de vez en cuando, hasta día con día, nos informa no sólo sobre los quehaceres y andanzas, dichos y hechos de Rulfo, sino sobre lo que unos y otros —estudiosos de la obra del jalisciense, amigos o enemigos— dijeron y escribieron acerca de esto, de aquello, o de lo de más allá a propósito de Rulfo. Pero no se trata de una narrativa biográfica tradicional en la que el autor, aunque pueda dudar de algunos datos, en lo fundamental sabe —o cree saber— exactamente lo qué ocurrió en tal o cual año, mes y día, sino que el libro es lo que García Bonilla —modestamente— llama una “cronología”. Es decir, que con gran meticulosidad se recogen aquí tanto datos de diversos archivos, así como, y tal vez muy especialmente, lo que unos y otros, inclusive el propio Rulfo, dijeron acerca —por ejemplo— de su lugar de nacimiento; de su pasión por la música clásica (principalmente renacentista y medieval); de su profundo interés por la historia de México; de sus lecturas predilectas; etc. Extraordinario “rompecabezas” que los lectores tienen que ir organizando aun a sabiendas de que, entre tantas opiniones dispersas sobre tantas cosas, muchas piezas no encontraran un encaje exacto. Lo que no excluye que queden claras muchas cosas, entre otras de primera importancia, el hecho de que Juan Nepomuceno Pérez Vizcaino (a veces Vizcayno) —es decir, Juan Rulfo— no nació en Apulco ni en, San Gabriel sino en Sayula.
Por este haberse negado García Bonilla a ser el narrador omnisciente de la vida y obra de Juan Rulfo para ofrecernos lo que consta en múltiples papeles oficiales o lo que —en ocasiones diversas y a menudo contradictoriamente— tanto los investigadores como sus amigos dijeron y escribieron sobre cualquier actividad del escritor, el libro no es de fácil lectura, en cuanto que no puede leerse de corrido como una novela, o una biografía tradicional. Exige suma atención, y muchas pausas de parte del lector o lectora que seriamente quiera relacionar —por ejemplo— lo dicho, o dizque dicho, por Arreola sobre la forma definitiva de la estructura de Pedro Páramo a poco de aparecer la novela, y su versión mucho más matizada sobre lo mismo de años después.
Sobre este asunto de la estructura de la gran novela se chismeaba mucho a finales de la década de 1950, predominando, sin duda por envidias, una versión que, fundamentada en la idea de que Rulfo (¿como Cervantes?) era un “ingenio lego”, poco leído y no muy culto, había producido la Pedro Páramo como por casualidad. Tanto así, se decía, que los fragmentos de ella que había presentado al Centro Mexicano de Escritores, donde era entonces becario, los había ordenado Arreola, dándole así a la novela la forma en que la conocemos. Esto casaba muy bien con el otro “rumor”: que Alí Chumacero había tenido que hacer muchas correcciones a El Llano en llamas para su publicación, es de suponer —de nuevo— que por la “torpeza” de Rulfo. Pero fueron pasando los años, y así como acabó por resultar que Chumacero, como todo corrector y editor que se respete, había cambiado una coma aquí y un punto y coma allá en El Llano en llamas, fueron, según unas declaraciones últimas del muy sagaz Arreola, él y el mismo Juan Rulfo quienes, juntos, reordenaron los fragmentos de Pedro Páramo hasta darle la forma o estructura que conocemos. He aquí como presenta García Bonilla esta “versión final” del asunto, según cita a Vicente Leñero :

Lo que yo me atribuyo —dice Arreola—, no me lo atribuyo, es la historia verdadera: cuando logré decidir a Juan de que Pedro Páramo se publicara como era, fragmentariamente. Y sobre una mesa enorme, entre los dos nos pusimos a acomodar los montones de cuartillas… Dios existe. Yo creo en Dios. ¡Esa tarde existió! Y yo no tengo más mérito que haberle dicho a un amigo: “Mira, ya no aplaces más. Pedro Páramo es así”. (Leñero, 1987: 71-72)

A lo que sigue parte de una entrevista de García Bonilla a Antonio Alatorre sobre la cuestión, citada en la página:

—¿Entonces sí es cierto que Arreola le dio orden al texto final?
—Mira, si Arreola hubiera inventado eso después de la fama de Rulfo, se podría sospechar, pero me lo contó cuando estaba sucediendo. Yo estoy al corriente de la gestación de Pedro Páramo [...] A mí me parece bien arreglada, sin verla con superstición. Porque Pedro Páramo es tan imponente que los lectores piensan que hay voluntad artística [...] Una vez que se publica, se siente como un texto sagrado, pero si no, se podría observar que un párrafo pudo aparecer antes o después de donde quedó y no habría cambiado nada”. (García Bonilla, 1996: 14)

Ha de notarse que parece ser que Antonio Alatorre supone que fue Arreola quien le dió su estructura final a Pedro Páramo, aunque Arreola haya dicho que a esa estructura llegaron juntos él y Rulfo; pero lo que importa en este comentario es que, siendo, como es, un grande y sabio filólogo, Alatorre entiende que, aunque la estructura definitiva de la novela es la que tenemos, el cambio de posición en la página de algunas piezas no cambiaría la maravilla que es la obra. Aunque, por supuesto —digo yo— el fragmento primero (“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”), por ejemplo, no podría estar sino en el lugar en que está.
A lo que yo añadiría que raro será el escritor moderno (el soberbio Flaubert, por ejemplo) que no consulte y escuche opiniones de otros sobre sus textos, según los mismísimos Hemingway y Joyce hacían —por ejemplo— con Gertrude Stein.
Pero García Bonilla no dice ni sí, ni no sobre este y otros asuntos. Las diversas declaraciones o comentarios sobre la estructura de Pedro Páramo, o sobre lo que Rulfo leía o no leía, o sobre si tuvo o no algo que ver con el internamiento de marinos alemanes en una campo de concentración de Perote, etcétera, etcétera, aparecen en su libro dispersas a lo largo de los años, como distintos son los tiempos en que unos y otros dijeron una o la otra cosa sobre aquellos asuntos. Tal vez García Bonilla podría haber organizado su libro por, digamos, temas: Lugar de nacimiento; Rulfo y la música; sus trabajos burocráticos; influencias literarias; etc., etc. Se ganaría probablemente en fluidez, pero se perdería esa tensa sensación de rompecabezas que provoca el libro; un rompecabezas que parece corresponder a los muchos misterios y contradicciones de la vida y obra de Rulfo. Por ejemplo: ¿leyó o no leyó a Faulkner antes de escribir Pedro Páramo? Unos dicen que sí, otros que no y, aunque él alguna vez lo negó, no siempre lo hizo categórica o directamente: por lo que se lee en esta cronología, prefería decir que sus escritores predilectos eran norte-europeos, o algún suizo, o un par de brasileños.
Lo curioso es que sesudos críticos literarios (bueno: algunos no tan sesudos) perdieran el tiempo en estas cosas (que han de haber molestado no poco a Rulfo) como si haber leído a Faulkner en aquel entonces pudiera ser “la clave” de nada en tiempos en que todos leíamos, o habíamos leído a Faulkner…y cuentos y novelas de muchos autores más. Y Rulfo, el supuesto “ingenio lego”, había leído más literatura narrativa que probablemente todos nosotros. En un par de ocasiones tuve la buena fortuna de estar en su apartamento de la calle de Nazas, y allí, al ver su biblioteca, confirmé lo que sólo con leer El Llano en llamas y Pedro Páramo había sospechado: que Juan Rulfo era, literariamente, una de las personas más cultas del México de entonces. Me sería imposible recordar cuántas novelas y libros de cuentos de muchas partes del mundo había en aquellas estanterías, pero en esta investigación alguien dice que en aquella biblioteca había unos 6.000 libros. Y más adelante, uno de los hijos de Rulfo, habla de 10.000 libros, cosa que, desde luego, yo no dudo. ¿Faulkner? Pues claro que sí. Y muchos, muchísimos escritores más que Faulkner (¿por qué no, entre otros, el parco y sutil Chejov?). Inclusive libros de los cronistas de la Conquista y Colonia a los que Rulfo admiraba declaradamente (“los cronistas españoles son los mejores escritores que haya tenido México […] Creo que son las obras mejor hechas, mejor construídas y las que conservan con más bondad la belleza del castellano”). La “influencia”, cuando la hay en un gran escritor, no es nunca imitación. Y Juan Rulfo es uno de esos grandes escritores.
Entre tantas cuestiones como García Bonilla consigna, tal vez podría ser de especial interés para muchos la conflictiva relación entre Rulfo y Octavio Paz. Varias veces se cita en el libro a Paz diciendo que él no tiene nada contra Rulfo, pero al tratar de esta relación y, en particular, de un desagradable pleito que se dió entre los dos (en casa de José Luis Martínez), Daniel Sada explica que es que “Rulfo hablaba mal de todos”, en tanto que José Luis Martínez dice que “Octavio era belicoso y peleonero”. Quien esto escribe puede decir que no es verdad que Rulfo hablara mal de todos, sólo, a veces, de algunos; en tanto que no sólo es verdad que “Octavio” fuera “belicoso y peleonero”, sino que, como todo el mundo sabe, o sabía entonces, era un cacique cultural absolutista que no toleraba a quien podía hacerle alguna sombra.
Por lo demás, esta cronología está llena de temas o asuntos de interés para quienes tan alta estima tenemos por la obra de Juan Rulfo. La historia del noviazgo de Rulfo con quien sería su esposa; su relación con Efrén Hernández en la Secretaría de Gobernación, en la calle Bucareli; su angustia cuando era algo así como “capataz” de los obreros en la Goodrich Euzkadi; los recuerdos de su dolorosa niñez; sus viajes, cuando era ya famoso, a muchos lugares de Europa y de Hispanoamérica; etc. Y a lo largo de todo el libro, bien fechados cada uno de los datos, las opiniones de unos y otros, año con año, a menudo mes con mes, de vez en cuando día con día.
En suma, este tiempo suspendido de Roberto García Bonilla, tan rico de información y de ambigüedades ha de ser fundamental no sólo para los admiradores de Rulfo, sino para todo estudioso de la literatura mexicana.
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1 Carlos Blanco Aguinaga Carlos Blanco Aguinaga (1926, Irún, Prov. De Guipúzcoa, País Vasco). Emigró a Francia y luego a México, donde estudió. Prosiguió estudios en la Universidad de Harvad (Estados Unidos). Ha sido profesor en México, España y EUA; en la Universidad la Jolla (San Diego) es profesor retirado. Ensayista, historiador de literatura, novelista y cuentista. Entre sus libros se cuentan El Unamuno contemplativo (1975), Ojos de papel volando (1984), Un tiempo tuyo (1988), En voz continua (1997), Juventud del 98 (1998), Carretera de Cuernavaca (1998), Sobre el Modernismo, desde la periferia (1998). Y en coautoria —junto con Iris M. Zavala y Julio Puertolas—, Historia social de la literatura española (1979), y junto con José R. Monleon concibió, Del franquismo a la posmodernidad: cultura española, 1975—1990 (1995).
Si desea saber más sobre el vínculo Carlos Blanco Aguinaga y Juan Rulfo consulte: http://www.ucm.es/info/especulo/numero31/cblanco.html (“Un paradigma de la crítica sobre Rulfo, medio siglo después”, entrevista de RGB con Carlos Blanco Aguinaga).

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JUAN RULFO

Juan Rulfo, (1917-1986) uno de los escritores más representativos de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Los cuentos reunidos en El Llano en llamas (1953) y la novela Pedro Páramo (1955) son un legado a la literatura mundial;estos dos libros han sido traducidos a más de 40 lenguas. En este espacio lectores, curiosos, incipientes, estudiantes y estudiosos con diversas aspiraciones encontrarán información, interpretaciones y divergencias en torno al escritor mexicano.Entra, pues, a la vida,la obra,la crítica,la bibliografía; de las cifras de la reflexión, sin dejar de lado la conversación....